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PRESIDENTE

 JUSTO JOSÉ DE URQUIZA

Fuente: Historia Argentina. Editorial Océano

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Gliemmo Graciela - Dolores Costa & Justo José de Urquiza - Ed.Planeta Lynch John - Juan Manuel de Rosas - Emecé Isidoro Ruiz Moreno - Alianza contra Rosas - Ed. Claridad O'Donnell Pacho - Juan Manuel de Rosas - Ed. Planeta Sabsay Fernando - Los presidentes Argentinos - El Ateneo

 

Sancionada la Constitución el 1º de mayo de 1853, promulgada en San José de Flores el 25 del mismo mes, procedía aplicarla en lo político y traducirla en lo administrativo. El gobierno federal era el instrumento que debía aplicar la ley fundamental aprobada. El país tenía tras de sí cuarenta años de guerra, primero por la independencia, y luego, simultáneamente, de guerra civil. Ese pasado de disgregación localista, de ambiciones y recelo de caudillo dejó hondas huellas. Las luchas intestinas enconadas habían dispersado las familias; la instrucción popular se había reducido a la mínima expresión; las comunicaciones fueron abandonadas o destruidas por el tiempo; los indios se habían aprovechado de la ruptura del equilibrio establecido por Rosas y las autoridades se vieron impotentes para contener sus devastaciones; el comercio propiamente dicho no existía; las industrias carecían de empuje y de créditos; la ganadería había sido diezmada por las exigencias de la guerra; los habitantes no tenían noción de lo que era el uso normal de sus derechos políticos; habían vivido hasta allí en el sometimiento a los caudillos de turno y a sus secuaces. Eran necesarios mucho valor, fe y patriotismo para entregarse a la reconstrucción de la nación en aquellas condiciones deplorables, con una herencia de belicosidad y de recelo que lo invadía todo y con un nivel económico demasiado primitivo y estado financiero exhausto. Urquiza no vaciló en asumir la responsabilidad de ese empeño, a pesar de la resistencia que le ofrecía el gobierno de Buenos Aires, contrario a la unión nacional bajo la inspiración de su gobierno.

Las elecciones de electores presidenciales se realizaron el 1º de noviembre de 1853 en once provincias, pues Buenos Aires, Santiago del Estero y Tucumán no convocaron a su electorado, la primera por haberse separado como Estado independiente y Santiago del Estero y Tucumán por hallarse en guerra entre ellas. En febrero de 1854 fueron electos Justo José de Urquiza y Salvador María del Carril como presidente y vicepresidente de la Nación respectivamente.

Los electos tomaron posesión de sus cargos el 5 de marzo, después de prestar juramento ante el Congreso Constituyente en el viejo Cabildo de Santa Fe. En el acto de la toma de posesión del poder supremo comp. Presidente constitucional, Urquiza hizo leer un mensaje al Congreso y al pueblo argentino.

Los festejos de la asunción del mando duraron en Santa Fe hasta la partida del general Urquiza con su comitiva a Paraná, que había sido declarada asiento provisional de las autoridades de la Confederación. En un gran banquete oficial al cual concurrieron funcionarios civiles, militares y eclesiásticos, se brindó por la organización nacional, por la incorporación de Buenos Aires a la nueva Constitución y por la repatriación de los restos de Rivadavia.

El gobierno de Buenos Aires tomó la decisión de repatriar los restos del primer presidente argentino por decretos del 12 de febrero y del 14 de agosto de 1857.

El gabinete de gobierno fue integrado por personalidades ilustres. El ministro del Interior fue José Gorostiaga; de Relaciones Exteriores Facundo Zubiría; de Hacienda Mariano Fragueiro; de Justicia, Culto e Instrucción Pública Juan María Gutierrez; de Guerra y Marina Rudesindo Alvarado. Cuando Zuviría renunció fue reemplazado por Juan María Gutierrez, y Santiago Derqui asumió la cartera de Justicia, Culto e Instrucción Pública.

Urquiza, en el ejercicio del mando supremo, convocó a elecciones para formar el congreso de la Confederación, fijándose al efecto la fecha del 25 de mayo. Se constituyeron las dos Cámaras, la de diputados y la de senadores, y las sesiones se inauguraron el 22 de octubre de 1854 con representantes de 13 provincias. El Senado fue presidido por el vicepresidente Del Carril y los diputados José Acuña, diputado por Salta y Francisco Seguí, diputado por Santa Fe.

Constituida la asamblea el presidente concurrió con sus ministros para leer el mensaje de práctica. Uno de los grandes obstáculos a que debía hacer frente Urquiza, durante su gobierno provisional y en el período constitucional, fue el choque y la intervención simultánea en la cosa pública de los hombres que habían gobernado desde hacía varios años bajo el amparo de Rosas y los que volvían de la inmigración. Ajustar la conducta del gobierno a esa situación era asunto de mucho tacto y de una gran amplitud de criterio para tolerar y esperar pacientemente.

El gobierno de la Confederación debió hacer frente a los múltiples problemas. Sin caminos ni comunicaciones ni organización económica, Urquiza trató de gobernar evitando el enfrentamiento directo con las autoridades provinciales, que estaban en constante lucha entre sí.

La necesidad imperiosa de dinero que tenía la Confederación impulsó a Urquiza a aumentar los impuesto, pero como las recaudaciones eran demasiado reducidas se buscaron nuevas fuentes de ingresos: la emisión monetaria y la contratación de empréstitos. La primera fracasó al poco tiempo por la falta de respaldo metálico y la segunda sólo alivió temporalmente la situación.

El lamentable estado económico de la Confederación llevó a su Congreso a sancionar la llamada “ley de derechos diferenciales” (julio de 1856) por la cual se trató de alentar la entrada de barcos en el puerto de Rosario (en detrimento del de Buenos Aires) mediante una serie de beneficios. Esta medida no obtuvo los resultados esperados y ahondó las diferencias existentes entre Buenos Aires y la Confederación.

En otro orden de cosas, Urquiza firmó tratados de comercio y amistad con países europeos, y con los Estados Unidos inició las gestiones para que España reconociera la independencia argentina. Se reconoció la independencia del Paraguay y se promovió la educación fundando numerosos colegios en las provincias y se oficializó la universidad de Córdoba. El colegio de Concepción del Uruguay concedió becas a los alumnos del interior. El gobierno de Urquiza fomentó la navegación de los ríos Uruguay y Paraná, habilitando en este último el puerto de Rosario de Santa Fe. Facilitó la venida de inmigrantes que procedían de Italia, Suiza y Alemania, fundadores de las primeras colonias agrícolas: la de Esperanza, en Santa Fe; las de Santa Ana y Yapeyú, en Corrientes; la de Calera de Espiro (Colón) y San José de Entre Ríos; etc. Se ocupó también de la construcción de ferrocarriles, organización de ministerios, leyes de elecciones nacionales, justicia federal y ciudadanía, instituciones de crédito, etc. Ayudó al geógrafo Martín de Moussy auspiciando su obra Descripción geográfica y estadística de la Confederación Argentina. Se dictaron leyes sobre el registro de la propiedad, sobre los impuestos de contribución directa, papel sellado, patentes, tarifas de correos, desmonetización de billetes de crédito público. Se destinó el producto de la contribución directa a las provincias; se dictaminó sobre liquidación de las deudas provinciales.

 

EL ESTADO DE BUENOS AIRES (1853-1861)

En abril de 1854 la provincia disidente de Buenos Aires dictó su propia Constitución de Estado, por la que asumía su soberanía interior y exterior, aun con la Legislatura común, lo cual motivó las críticas de Bartolomé Mitre. Ese mismo cuerpo eligió Gobernador Constitucional al doctor Pastor Obligado.

La intransigencia entre las partes era cada vez mayor, lo que se podía juzgar a través del aspecto electoral. Como al principio se había excluido al federalismo, se formaron dos facciones porteñistas (1856) que apelaron a todo tipo de fraudes y maniobras.

Las relaciones con la Confederación sufrieron una crisis con motivo de la invasión realizada desde Santa Fe en noviembre de 1954 por el general Jerónimo Costa, partidario de la unión y que fue batido en el combate de El Tala por las fuerzas porteñas. Obligado protestó airadamente a Urquiza, quien contestó en términos de conciliación y ordenó la internación de los sediciosos refugiados en el territorio nacional. A raíz del cambio de notas surgió un tratado de buena vecindad que acordaba medidas de protección para las poblaciones amenazadas por los indios, el uso común de la bandera argentina y la ayuda recíproca en caso de un ataque exterior.

En 1857 el federalismo volvió a ser admitido electoralmente, pero, pese a su caudal de partidarios y a contar con apoyo externo, fue derrotado y severamente tratado por los porteñistas.

Este mal trato de los porteñistas (conocidos como los “pandilleros” por su modo intimidatorio de proceder) hacia los federales (o “chupandinos” por sus conocidas reuniones con asado y vino) impulsó a Sarmiento a proponer una nueva ley electoral (1858-1859) inspirada en una ley de los Estados Unidos de Norteamérica.

Buenos Aires progresó notablemente gracias a su riqueza pecuaria y a la exclusividad en los derechos de Aduana. Ello permitió impulsar las obras públicas, el uso del gas, expansión de fronteras y fundación de pueblos: Chivilcoy, Bragado y Las Flores.

El 30 de agosto de 1857 se inauguró la primera línea férrea, de diez kilómetros de largo, cuyo recorrido era de Plaza del Parque (Lavalle) hasta Flores. También se construyó un muelle de acceso para los pasajeros de la Aduana Nueva, de forma circular; el teatro Colón frente a la Plaza de Mayo; se reorganizó el Banco de la Provincia y la Bolsa de Comercio. Una exposición agrícola e industrial realizada en |859, demostró los adelantos conseguidos en esas actividades. La instrucción primaria alcanzó gran impulso, por mérito de Sarmiento, que estaba al frente del Departamento de Escuelas. Para reafirmar su posición autonomista, Buenos Aires eligió nuevamente gobernador al doctor Valentín Alsina y emitió papel moneda. A las órdenes de los coroneles Bartolomé y Emilio Mitre, Granada, Otamendi y Conesa se emprendieron nuevas campañas contra los levantiscos indios del sur. Estas campañas terminaron en graves derrotas ante las tribus de Catriel, de Cachul, los ranqueles de Yanquetruz, los araucanos de Calvucurá en todo el amplio frente desde Azul hasta Tandil y desde allí el desierto completo, hasta los mayores centros de las Salinas Grandes. Los triunfos indígenas fueron seguidos por los clásicos malones, saqueos, arreos de decenas de miles de cabezas. Se negoció la paz sobre la base de una entrega trimestral de víveres, yerba, tabaco, bebidas, azúcar y otros elementos, lo que no impidió que las depredaciones continuaran, aunque en escala más reducida.

Una parte de la opinión porteña estaba por el restablecimiento de la unidad nacional. Sus ideas eran difundidas en el periódico La Reforma Pacífica, que dirigía Nicolás Calvo. La otra tendencia tenía por órgano al diario La Tribuna. Sus jefes eran Mitre, Alsina, Mármol, Sarmiento, etc. El antagonismo se transformó en encono que provocó disturbios.

 

LA BATALLA DE CEPEDA (1859)

Urquiza, a lo largo de su período presidencial, con los altibajos impuestos por las circunstancias desatadas, que avivaba la prensa de uno y otro sector, principalmente la port3eña, mantuvo vivo el deseo de negociar la reincorporación de Buenos Aires. Hubo levantamiento contra el gobierno de Buenos Aires, como la campaña de Jerónimo Costa, en noviembre de 1854, y para hallar soluciones pacíficas Urquiza designó a José María Cullen y a Daniel Gowland, representantes suyos ante el gobernador Pastor Obligado. La provincia disidente nombró con igual carácter a Ireneo Portela. De esta manera surgió el convenio del 20 de diciembre (1854).

Finalmente la situación se hizo tiante, hubo desacuerdo, los pactos fueron denunciados, el recurso de las armas era la única salida posible, a pesar de que Urquiza no desistió de hallar una salida por vía pacífica. Como última solución el Congreso de la Confederación autorizó a Urquiza a resolver por la paz o la guerra la situación del Estado disidente.

Mientras se hacían los aprestos para la guerra, unidades de la escuadra porteña vigilaban el río Paraná para evitar en lo posible el paso de las fuerzas entrerrianas. La escuadra de la Confederación se hallaba por entonces en Montevideo armando algunos de sus buques. Hasta mediados de 1859 la flotilla de Buenos Aires predominó en los ríos. El Guardia Nacional recorría el Uruguay, el General Pintos y el Buenos Aires se hallaban frente al Paraná al mando del almirante Murature para impedir el paso de fuerzas de la Confederación, que había ordenado a su escuadra que avanzase desde Montevideo, forzando el paso de Martín García.

El 7 de julio por la mañana la tripulación del General Pintos se sublevó al grito de “¡Viva la Confederación Argentina!”. A bordo de la nave se encontraba el comandante del Buenos Aires, Alejandro Murature, quien quiso contener a los amotinados pero murió en la lucha; su padre, el almirante, también fue herido. Así Urquiza pudo pasar tranquilamente su flota a la ribera de Santa Fe. Urquiza albergó en su casa a Murature y ordenó se celebrase las exequias del hijo muerto.

Mientras en ambos sectores se intensificaban los preparativos para la guerra, intervino como mediador el ministro de los Estados Unidos, Mr. Benjamín Yancey, que ofreció al general Urquiza sus buenos oficios a fin de evitar el derramamiento de sangre. Al comienzo Alsina dudaba de la buena disposición del presidente y no quiso pactar ningún armisticio previo como pedía el ministro mediador norteamericano. Después de varias conferencias los comisionados del gobierno de Buenos Aires: Mármol y Vélez Sársfield, propusieron como condición ineludible el retiro de Urquiza, entre otras cosas. Ante esta actitud Mr. Yancey dio por terminada su intervención amistosa.

En el ínterin otro hecho contribuyó a aumentar la tensión: San Juan había sido intervenida en 1857 a consecuencia de un motín que derrocó a las autoridades constituidas; se designó a Nicanor Molinas, que regresaba de cumplir igual misión en La Rioja. El gobierno de Gómez Rufino, primer gobernador constitucional de la provincia, temeroso del caudillo sanjuanino Nazario Benavídez, a cargo de la circunscripción militar, lo redujo a prisión el 19 de septiembre de 1858, lo encerró en un calabozo, y pese a su edad avanzada, le puso una barra de grillos de arroba.

El vicepresidente que estaba a cargo del Poder Ejecutivo, Salvador María del Carril, en decreto refrendado por Derqui, designó una comisión para poner en libertad al detenido. Antes de la llegada de los comisionados, Benavídez fue asesinado en el calabozo el 23 de octubre. Se pensó que este asesinato había sido realizado por sugerencia de los porteños.

La provincia fue intervenida y el Congreso Federal votó en abril de 1859 una ley que encomendaba a Urquiza la reincorporación de Buenos Aires. En los preliminares de la batalla Urquiza tenía una escuadra compuesta de 9 buques con 68 cañones y ese poderío, unido a las fortificaciones y baterías de Rosario y Paraná, le dio poder beligerante en el río que antes era dominado por la escuadra porteña. Además Urquiza contaba con el apoyo de 13 provincias.

En Buenos Aires se debía articular un ejército que permitiera medirse con los efectivos que Urquiza iba a atacar. Desde junio de 1859, Mitre hizo proezas para organizar e instruir las tropas novicias y reunir caballadas, que no abundaban en la región del norte de la provincia a causa de una prolongada sequía. Tampoco abundaba la alimentación para los hombres y debía llevarse desde regiones distantes o después de largas marchas desde la capital o por el río.

Mitre instaló en San Nicolás, cerca de la línea del Arroyo del Medio, una base natural de defensa contra la probable invasión; además el puerto le permitía desembarcar hombres, material de guerra y equipo para sus tropas enviados desde la capital. Mitre disponía de 9.000 hombres, de los cuales 4.700 eran de infantería, 4.000 de caballería, con 24 piezas de artillería.

Urquiza tenía un ejército de 14.000 hombres; 10.000 eran de caballería, 3.000 de infantería, con 35 piezas de artillería, y acampaba al norte del arroyo Pavón. Mitre ocupó la Horqueta de la Cañada o arroyo de Cepeda.

Los ejércitos de la Confederación y el de Buenos Aires libraron el 23 de octubre de 1859 la batalla en Cepeda. Las tropas de Buenos Aires estaban al mando del coronel Rivas, el comandante Adolfo Alsina, Morales, Rivera, Emilio Mitre, Conesa, Lézica y Díaz de Arredondo; la artillería la dirigía el coronel Nazar; la caballería tenía al frente los coroneles Hornos y Flores. La batalla comenzó en la madrugada del 23 y duró todo el día. Cepeda no fue una batalla de aniquilamiento, aunque del ejercito de Buenos Aires sólo se salvaron unos 2.000 hombres de infantería pero fue una derrota en regla para los porteños.

Al día siguiente de la batalla de Cepeda, Urquiza lanzó una proclama al pueblo de Buenos Aires. Los coroneles Lagos, Laprida, Lamela y otros fueron adelantados con las divisiones ligeras para contener los saqueos de los dispersos e incorporarlos al ejército, invitando a las poblaciones a pronunciarse por la causa de la Confederación. Desde su cuartel en marcha sobre Luján, Urquiza dictó un decreto de amnistía e indulto general. El 3 de noviembre las avanzadas de su ejército llegaron hasta Flores. Cuatro días después Urquiza acampó con el grueso de sus tropas, alrededor de 20.000 hombres; poco antes habían llegado por el río los salvados de Cepeda.

En el curso de las guerras civiles no se había reunido un ejército tan numeroso.

Buenos Aires fue sitiada por segunda vez.

Antes del combate terrestre hubo una acción naval en Martín García, en la que la escuadra de la Confederación, al mando del almirante Mariano Cordero, forzó el paso pese a la acción combinada de las baterías terrestres y naves porteñas, el 14 de octubre.

El hijo del presidente paraguayo Carlos López, Francisco Solano López, estaba en Buenos Aires esperando la respuesta a sus gestiones para lograr un armisticio y discutir propuestas de paz. El 27 de octubre, recibió una notificación del gobierno de Buenos Aires según la a cual se le reconocía los servicios y el empeño que había puesto en el éxito de la mediación y se le facilitó los medios para que se pusiera en comunicación con el jefe de la Confederación. Fue así como puso en conocimiento de Urquiza que el gobierno de Buenos Aires estaba dispuesto a enviar comisionados para tratar la paz. Desde el cuartel general en marcha sobre Luján, Urquiza hizo saber a Solano López que recibiría comisionados. El 2 de noviembre fueron nombrados por el gobierno de Buenos Aires comisionados Juan Bautista Peña, Carlos Tejedor y Antonio Cruz Obligado. Por parte del presidente de la Confederación fueron designados los generales Tomás Guido y Juan Pedernera y el diputado Daniel Aráoz. La primera conferencia se llevó a cabo en la chacra de Monte Caseros. Estas negociaciones se vieron interrumpidas por no llegarse a un acuerdo a las exigencias entre ambos sectores.

La conferencia se reanudó el 9 de noviembre. Ambas partes flexibilizaron sus posiciones. Buenos Aires aceptó la integración con el resto del país, la renuncia de Alsina, y la vigencia, previo análisis de la Constitución Nacional. Además, y hasta tanto se aplicara la nueva ley de Aduanas, haría un adelanto de divisas al país.

La mayor disposición de Urquiza permitió finalmente llegar a un acuerdo, firmándose el 11 de noviembre de 1859 el pacto de Unión Nacional, conocido también como Pacto de San José de Flores.

Buenos Aires ingresó a la Confederación en un pie de igualdad con el resto de las provincias. Comenzaba finalmente la esperada tarea común de la organización nacional.

Una convención porteña reunida en enero de 1860 examinó la Constitución de 1853 y le introdujo algunos cambios.

La Convención Nacional, reunida en Santa Fe el 23 de septiembre de 1860, aceptó la mayor parte de las enmiendas.

 

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