SEMBLANZA DE
HIPÓLITO YRIGOYEN

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Introducción El
presente trabajo es un extracto de la obra analítica y descriptiva de
diversos autores que, habiendo contado con la posibilidad de disponer con
fuentes cercanas a Hipólito
Yrigoyen, hicieron posible elaborar sendas semblanzas del gran líder
del radicalismo. Desde
este punto de vista, se lleva a cabo una selección prácticamente literal
de dichos trabajos, entre los que se encuentran Manuel Gálvez, Félix
Luna, ....... para difundir un aspecto lo más humanizado posible del
perfil del hombre de carne y hueso, que con sus virtudes y limitaciones,
constituye uno de los pilares básicos de la política argentina del siglo
XX y del desarrollo y afianzamiento del ideario democrático nacional. Para
interpretar cabalmente su colosal obra, es preciso evitar erigir toda
imagen que, como consecuencia del fanatismo, transforme a don Hipólito en
un personaje propio una historia novelada. Por
el contrario, resulta necesario acceder a Yrigoyen y a sus circunstancias,
fundamentalmente para comprenderlo a partir de lo que fueron las grandes
limitaciones y dilemas con los que tuvo que enfrentarse a lo largo de toda
su vida y cómo él obró en consecuencia. Porque
desde la dimensión estrictamente humana, tanto su lucha, como la entereza
de su plano moral, o sus profundas convicciones, cobran un verdadero
sentido y magnitud. En
la humanización de su figura, de este modo, surge la posibilidad de que
su imagen se perciba como algo aprehensible, tanto para todo aquel que
decida incursionar en ella con ojos de investigador, como para aquel
interesado por la historia nacional, o bien, para todo correligionario que
aún frente a los desafíos de la complejidad actual, reivindique al
legado histórico de la Unión Cívica Radical como nutriente fundamental
de la acción política. En
el patrimonio histórico colosal que el radicalismo posee a través de la
acción y el ejemplo de sus hombres, se encuentra un bagaje fenomenal que
oficia de auténtico modelo a seguir para el curso político del presente
y de los tiempos que vendrán. Y como prueba de ello, basta citar la
siguiente expresión de Horacio Oyhanarte: Si fuéramos a definir en
una fórmula al doctor Hipólito Yrigoyen, diríamos que es el máximun
del talento, dentro del máximun del equilibrio mental. Ya sabemos lo difícil,
lo providencial, que importa que se realice este dualismo, esta verdadera
entelequia. Cuando ella aparece concretada en la frente de un hombre, ese
hombre es un iluminado que lleva en sí el fuego que caldea y el freno que
contiene, la vela hinchada del ideal y el timón que le orienta, es a la
vez fuerza y serenidad, empuje y resistencia, terquedad gloriosa,
empecinamiento magnífico, fuego y luz, lluvia y germen... Trabaja, sueña,
piensa, vive, combate y guerrea por su patria, a la cual le dedica, sin
limitaciones, desde la preocupación más leve hasta el insomnio más
mortificante. Mira allá lejos donde el horizonte se esfuma en
interrogaciones y avanza hacia allá en línea recta por sobre el dolor,
por sobre los amigos caídos, por sobre su propia alma, que va quedando
como en retazos jaloneando el camino. No es de estos tiempos, como nunca
lo han sido los predestinados...[1]. SEMBLANZA
FÍSICA Aspectos
generales Hombre
de elevada estatura, de figura bien proporcionada y aún elegante. Cuello
vigoroso, más bien corto que largo. Anchas espaldas, de hombros muy
ligeramente levantados, contribuyen a la impresión de solidez y virilidad
que produce el tronco y toda su figura. Piernas largas, de equilibrada
relación con el busto y el hombre total. Brazos también largos. Complexión
robusta y aún recia. Salud extraordinaria. No siente el frío. En su casa
no hay calefacción; mientras sus visitantes, abrigados con sobretodos, se
hielan en los raros días crueles, él anda de saco, cuyo cuello se
levanta para defender un poco el pescuezo. Si
en lo espiritual Yrigoyen heredó cualidades netamente paternas, su tipo físico,
en cambio, vínole por la línea de los Alem. En efecto, su madre a
quien se le parecía mucho- era de ascendencia criolla con alguna antigüedad
en el país, lo que supone inevitables aportes de sangre indígena Cuerpo y postura
Su
cuerpo es ágil, pero no lo parece porque se mueve con lentitud, con
cierta gravedad sencilla que no llega nunca a la solemnidad. No gesticula
jamás. Sólo alza el brazo para calmar a los amigos que discuten o para
mostrar la trascendencia de alguna frase que está diciendo. En esta
sobriedad de gestos, como en otras cosas, es distinguido, con una distinción
natural análoga a la del hombre de campo. Sus posturas no son nunca
forzadas. La más frecuente, cuando está en pie o anda, consiste en
llevar las manos en los bolsillos delanteros del pantalón. Esta postura,
habitual en los que en aquella época eran ancianos, le da cierto aire
anticuado a su figura. A veces coloca las dos manos a la espalda. Durante
una época, habitúase a echarse agua de colonia en las manos y a frotárselas.
Su relativa distinción no es incompatible con cierto dejo de los antiguos
compadres que hay en él. Así, la galerita, que suele colocarse algo
ladeada hacia una de las orejas o requintada en la frente. Se le cree
descuidado en el vestir. Lejos de eso, cada año se hace varios trajes,
que pronto, con poco uso, regala a los pobres. Pero son trajes a la moda
de 1880: sacos largos, solapas chiquitas, chalecos excesivamente altos.
Tampoco hace planchar sus trajes, según se ve por los pantalones
acordeonados. Como los viejos años atrás, calza botines con elásticos.
Viste siempre ropas oscuras, preferentemente negras. Lo hace, seguramente,
porque lo cree de acuerdo con su espíritu reservado. Acaso también por
austeridad, porque siente que en una sociedad materializada y sensualista
las ropas oscuras constituyen una expresión de no-conformismo y
tiene un sentido revolucionario. Y también por hábito y necesidad de
conspirador, pues el conspirador no ha de vestirse llamativamente. Sólo
en sus últimos años, cuando alivia su austeridad, viste ropas más
claras. Su rostro
Su
rostro, de base cuadrada energía y obstinación muy fuertes, carácter
inflexible, ascetismo- tiene forma de pera, y así lo ven los
dibujantes, Su cráneo en punta es el cráneo místico de los
fisiognomistas. Color moreno. Elevada frente idealismo, exaltación de
espíritu, serenidad para juzgar desde lo alto-, cuya forma oval alargada
muestra al soñador, al místico, a la imaginación que raramente se
ejerce en el dominio de lo concreto. Frente inclinada, algo fuyente
impulsividad, impresionabilidad- y con dos entradas no muy profundas en
la oscura cabellera que se peina hacia atrás. Frente arquitectural de
pastor griego llamó Del Valle a Yrigoyen. Sienes abiertas. Mejillas
llenas y amplias. Atraen
sus ojos. Ni grandes ni pequeños. Están algo adentrados y los párpados
los encapotan un poco. Bajo las cejas largas y compactas, los ojos, un
tanto estirados, le dan al rostro un vago aire aindiado, que proviene de
su abuela. Lenta, calmosa, la mirada. Llega, sin ser impertinente, al
fondo de las conciencias. De suavidad excepcional, vuélvese en ocasiones
dura, áspera, conminatoria. En otras, adquiere una delicada melancolía.
Momentos hay en que otros ojos, como los de la serpiente, parece que
hipnotizan. En otros diríanse los de un icono. Se comprende que esta
mirada afectuosa, llena de simpatías y promesas, atraiga a los hombres
con admiraciones fanáticas y enamore a las mujeres con pasiones hasta la
muerte. Su mirada de enojo es por sí sola un castigo: hunde al que
recibe. Su
boca, ligeramente entrada, es de correcta anchura y de labios muy
delgados, reveladores de valor, resignación, orden, exactitud,
meticulosidad, discreción, disimulación, control de las pasiones,
honradez y autoridad. Al lado izquierdo hay una expresión amarga. El
bigote; corto y ralo y en ángulo abierto, acentúa lo que hay de indígena
en su rostro semilampiño. Irá raleando cada vez más, mostrando mejor la
inmovilidad de sus labios. La
nariz, en la rectitud de su perfil, indica una vida rectilínea, honradez,
sinceridad cordial, generosidad. Su barbilla huesuda, redondeada en los ángulos,
es la del hombre equilibrado y de voluntad fuerte, de paciencia, de
clarividencia y de persuasiva dulzura. Tiene
este rostro, algo de enigmático, que reside en la inmovilidad de las
facciones. Contradicción entre la mirada bondadosa, cautivadora, y la
boca fría, imperturbable: inmóvil en el silencio y moviéndose apenas
cuando habla. En este rostro, aparece, en ocasiones, un asomo de sonrisa. Su personalidad
Produce
impresión, no sólo de calma y serenidad patriarcales, sino de grandeza,
de augustez. Crea en su entorno un respeto tan enorme que nadie se atreve
a discutirle, ni a dudar de sus palabras, ni a pedirle que la explique, ni
a exponer una opinión contraria a la suya. Cuando ordena sin claridad
caso frecuente- hay que interpretarlo; y así, malas acciones que le
atribuyen son obra de sus intérpretes. La
autoridad de Yrigoyen no proviene del cargo que ocupa. Igual en el
gobierno que en la oposición, esa autoridad enorme le viene de su
absoluto control de sí mismo, que le permite dominar siempre la situación;
de la unidad, la continuidad y la fuerza de sus convicciones; de la
austeridad moral y de su serenidad perfecta; y del prestigio de su vida. Controla
su voz y sus palabras como controla todos sus actos. Sabe encantar como
nadie. Personas que se le acercaron prevenidas, salieron para siempre
conquistadas. Seduce a todos, y le basta proponérselo. El arte de
fascinar parece ingénito en él. Entre amigos es un conversador
admirable, a pesar de que el diálogo es excepcional en él. Sin embargo,
sabe escuchar. Parece que escucha con todo su cuerpo. Pero jamás el menor
gesto revelará la impresión que le causan las palabras de su
interlocutor. Es cordialísimo con todos. Les pone diminutivos a sus
fieles, y así los llama siempre. Pero, de pronto, el tono natural que usa
con ellos se esfuma. ¿Qué pasa?. Es que acaba de entrar alguien ante
quien desea aparecer sólo como el jefe del partido o como el presidente
de la República. Entonces habla en un tono levantado, que no llega a lo
declamatorio. Pero no emplea frases extravagantes, ni términos difíciles,
como suele escribirlos: acaso porque es casi imposible improvisar cosas
como aquella de las simbolizaciones orgánicas. Habla
muy bien. No lo ha hecho en público tal vez por temor de que le falte la
voz o por timidez ente la multitud. Intercala en su conversación palabras
desusadas o raras. No dice traidor, sino felón. No dice
taimado o astuto sino rodaballo. A los periodistas los
llamalos corresponsales; y caporales a los jefes. No se toma
la libertad de decir tal cosa, sino la franquicia. Para un
argentino son idénticas las palabras pillete, canalla,
miserable y trompeta. Pero para Yrigoyen no es lo mismo un
palangana término usadísimo en el siglo XIX, equivalente a
botarate- que un rodaballo, o un liviano o un
cachafaz. También es bastante criollo. Emplea el verbo laderear:
galoparle a alguien al costado, adular. Y no es raro que incurra en
expresiones cursis: Si no doy al país todas las venturas, no es porque
mi mente no irradie ideas, sino porque se oponen las pasiones y los
intereses. Es
sentencioso. A alguien que le insinúa la realización de cosas
extraordinarias, le contesta: No podemos hablar de caminos reales
cuando ni huellas tenemos. A un leal amigo, que le pregunta porqué se
sirve, a veces, de correligionarios un tanto desprestigiados, le responde,
pensando en las diversas materias de que se hacen los ranchos: Amigo,
cuando se quiere construir hay que utilizar hasta la bosta. Jamás, ni
entre sus íntimos, ha soltado un terno, ni la más inocente de las
palabras sucias. No procede por cálculo ni por temor a desprestigiarse:
sabe que Sarmiento, glorioso como pocos, fue el hombre peor hablado que
hubo en este país; sino por dignidad, por pureza de espíritu y por
delicadezas. Ni voces chabacanas emplea. Nadie le ha oído nunca uno de
esos términos lunfardos que todos decimos alguna vez. Cuando utiliza una
expresión harto familiar se le atribuye a otro. Refiriéndose a una
persona poco avisada y que cree serlo mucho, comenta: A ése las chicas
se le van y las grandes se le escapan, como decía mi hermano Roque. La
palabra tipo le parece demasiado vulgar, y así la pone en boca de
don Martín Yrigoyen: En mi vida he visto al tipo, como dijo en cierta
ocasión mi padre. No
habla mal de nadie. Si juzga a alguien severamente, lo hace ante una o dos
personas, en tono confidencial, y porque se trata de quien merece el peor
calificativo. Realiza campañas políticas, organiza revoluciones y
combate contra un sistema de gobierno que cree nefasto, sin pronunciar una
palabra injuriosa o despreciativa para las personas de sus enemigos. Y en
aquellos casos en que debe juzgar a alguien desfavorablemente, nunca
emplea términos fuertes, limitándose a asegurar que el aludido es un
cachafaz o un surrapiento. A
un caudillete de barrio que le pide explicaciones con cierta altanería,
él, con un gesto de desdén, lo toca apenas en el pecho, a la altura del
hombro, al tiempo que se aparta, mientras el sujeto queda silencioso y
anonadado. Si tiene alguna queja, la expresa con gravedad, sin enojo, y
dejando ver, por el tono de la voz, el perdón que hay en el fondo de sus
palabras. Si encarga un trabajo a alguno de sus colaboradores y, al
recibirlo y hojearlo, no le impresiona bien, dice que lo leerá con calma;
y no vuelve a hablar más del asunto. No despide a sus visitantes, así se
trate de un amigo o de un ferviente partidario. Cuando quiere terminar una
vista porque tiene que hacer, o está cansado, o no entiende el tema de
que le hablan- suspende su paseo y sin que el interlocutor lo advierta,
toca un timbre al que llaman la chicharra, que está escondido al
borde de una mesa, y aparece el secretario con el anuncio de la llegada de
cualquier personaje o con otro pretexto que obligue a terminar la
entrevista.
Frente a un
interlocutor El
que quiera conocerle ha de hacer pacientes gestiones. Todo el mundo habla
de su sencillez, de su afabilidad, de su accesibilidad pero ¡son tantos
los que anhelan llegar hasta él!. Es preciso esperar y, esta espera
aumenta la emoción que da cierto carácter de misterio a la entrevista.
El solicitante adquiere la convicción de que ver a Yrigoyen constituye
una hazaña. Ya
está el visitante frente a Yrigoyen. Las largas esperas lo han puesto
harto nervioso. Aquellos segundos que preceden al saludo le parecen
interminables. Pero ya Yrigoyen le tiende la mano. La serenidad del gran
hombre, su falta de prisa y de pose, encalman al visitante. Con lentitud,
lo toma de un brazo, lo lleva al medio del salón y lo invita, con su
propia acción, a deambular. Van y vienen muy despaciosamente. El
visitante ha recuperado su tranquilidad. La distancia que le separaba del
gran hombre ha desaparecido. Nadie ha poseído jamás, como Yrigoyen, el
arte de suprimir distancias. En su presencia hasta el más humilde se
encuentra cómodo. Yrigoyen no sólo procede así por bondad por
caridad mejor dicho- sino también porque quiere sondear a su interlocutor
y averiguar lo que puede dar de sí; y sabe que nadie revela sus
capacidades si está cohibido. Esta maestría en acercar al interlocutor
le hace a Yrigoyen el hombre simpático por excelencia. Es uno de los
pocos grandes hombres que se ha impuesto por la sola simpatía, por la
seducción personal, pues lo demás se han impuesto por su genio, o por su
audacia, o por su oratoria de frases eficaces, o por el arte de la
intriga. Tal
como lo señalara Aníbal Álvarez, periodista entrerriano que conociera
personalmente a don Hipólito, cuando
habla este ciudadano cuyo triunfo electoral marcará una época brillante
en nuestra historia, lo hace sin afectación, y su palabra es agradable y
acariciadora y la acompaña siempre de modales distinguidos y suaves,
atrayendo su persona de una manera irresistible, la que se hace simpática
en alto grado...[2]. Salvo
algún amigo de juventud, nadie se permite tutearlo. Muchos radicales de
los que rodearon a Alem lo llaman Hipólito, cuando de él hablan, por
haberle oído al caudillo decir así; pero jamás se le dirigen a él dándole
su nombre. Aún para sus parientes, él es el doctor Yrigoyen. Si
el interlocutor da una opinión, que es también la de Yrigoyen, él no
dirá usted opina como yo, o estamos de acuerdo, sino yo
pienso lo mismo que usted. Si el visitante quiere justificar una
actitud siempre que no roce la ética- Yrigoyen le dice: en su caso,
yo habría hecho lo mismo. Con estas frases, el gran seductor levanta a
su visitante hasta su propia altura; y el hombre modesto y el hijo del
pueblo quedan conquistados para siempre. Para
él sus opiniones son las mejores. Considera una insolencia toda oposición.
Ni siquiera le gusta que le pidan explicaciones de sus frases. Si algún
extraño no ha entendido algo y le ruega explicar, él no contesta. Y
cuando a alguno de sus secretarios o colaboradores le dan el tema para un
artículo o un trabajo, no le tolera que lo interrumpa. Cuando
habla de sí mismo tiene relación con la política: su lucha por el
sufragio libre, sus renunciamientos a ciertos cargos públicos, sus
sacrificios, sus altas calidades, su conocimiento de todas las
instituciones políticas. Es muy raro oírle alfo, cuando habla de sí,
que no signifique la exaltación de su persona. Tampoco dice haré,
sino haremos. Y cuando alguien emplea la palabra yrigoyenista,
él corrige: radicales. Ternura
para con las mujeres. Las hace hablar, las escucha, les pone apodos cariñosos,
las llama mi hijita, les ruega que vuelvan pronto. A las que son
intelectuales, les pregunta, al verlas otra vez, qué nuevo libro han leído.
Fino y amable, suelen tener frases de graciosa adulación; así a una española
que acaban de presentarle, tómale las manos, le dice que simpatiza
grandemente con su patria y agrega: Tiene usted en sus ojos, todos los
soles de España. Si
a los hombres les pone la mano en el hombro o en el brazo y les da
golpecitos en la rodilla, a las mujeres las palmea, les toca los hombros y
les toma las manos. Sin son jóvenes y bonitas, les hace dar unos pasos
para juzgarla, buen conocedor como es. Como vive Su
casa es de una austera pobreza. Muchos años hace que vive en la modestísima
morada de la calle Brasil, la que será la cueva para sus enemigos y
poco menos que un santuario para sus fieles. Es un edificio de un piso
alto, sin estilo. Yrigoyen ocupa este piso con su hija y su secretaria.
Las piezas corren junto a una galería, cerrada por vitrales. En el
escritorio de Yrigoyen, que hizo pensar a alguien en una comisaría de
campaña, hay pocos muebles bastante pobres: una mesa, varias sillas y un
armario que contiene un centenar de libros. Ni
calefacción salvo en los últimos tiempos- ni sillones cómodos. Los
cuartos están iluminados por una bombilla de luz eléctrica que cuelga
del techo, bajo un tulipán de vidrio esmerilado. Como
señala José María Ramos Mejía, su morada es más el lugar de
penitencia de un fraile laico, que la mansión de un poderoso. Lo
eligen presidente y continúa en la misma casa. Hasta el mismo propietario
va a verle personalmente, a ofrecerle una mansión en la calle Callao.
Yrigoyen, después de oír amablemente las razones del casero, le
contesta: Me felicito de que haya venido, ya que aprovecharé esta
circunstancia para pedirle una rebaja en el alquiler, pues la función pública
me impedirá en lo sucesivo ocuparme de mis intereses. Se
levanta a las seis de la mañana. Lección de esgrima, aún durante la
segunda presidencia, cuanto tiene setenta y seis años, y una ducha fría.
Escribe un par de horas. Recibe al director, o al redactor en jefe del
diario oficial. En las postreras horas de la mañana llegan algunos de sus
fieles, de los que componen su entorno, entre los que figura el joven
zapatero italiano que vive enfrente y desempeña a su lado múltiples
funciones, entre ellas las de emisario, introductor de visitantes,
intermediario entre él y los pobres, secretario que no escribe,
propagandista electoral y delegado ante la chamucina de los comités. Yrigoyen
almuerza con su hija y su secretaria, jamás con amigos. En la casa no se
cocina. En la casa no se cocina. Yrigoyen se hace llevar la comida, en
viandas, de un hotel de la avenida de Mayo, en el que ha almorzado durante
años, antes de ser presidente. Come con buen apetito. Gusta de los platos
fuertes, hasta en la proximidad de los ochenta años. Bebe en cada comida
su único lujo- media botella de champaña; porque se lo exige su
salud, no por sibaritismo. No duerme siesta. Presidente o no, dedica horas
a sus largas conversaciones con amigos, correligionarios y visitantes, a
quienes recibe de a uno. No toma nada a la tarde. Tampoco fuma. Se acuesta
a las nueve y media de la noche. Poseía
una memoria napoleónica. Hombres y nombres no se le olvidaban jamás. Los
favores y los servicios que se le prestaban, tenían infaliblemente
recompensa. Durante
más de cincuenta años vive como un monje. Ni una vez ha ido a un teatro,
a una fiesta, a un banquete, a un cinematógrafo, a una reunión de
amigos. No ha viajado sino para ir al campo o al destierro. Como
presidente, asiste, por deber, a algunas representaciones oficiales en el
Teatro Colón, en las fiestas patrias; pero se marcha apenas terminado el
primer acto. Es uno de los rarísimos hombres en el mundo que no ha visto
a Carlos Chaplin. Ha renunciado a todo, salvo al amor de su pueblo y al
amor de algunas mujeres. Su ascetismo impresiona. Esos cincuenta años sin
diversiones, sin fiestas, sin viajes, sin placeres, dedicados a los que él
cree la salvación de su pueblo, constituyen un caso único en
nuestra tierra y tal vez en el mundo. Como
señala José María Ramos Mejía, en los tiempos de tregua, de larga
tregua a veces, se entrega al trabajo activo con una serena ecuanimidad de
campesino heroico; va y viene con una actividad febril, levanta una
fortuna porque es hábil y afortunado. ¿Para entregarla a los placeres de
un sensual sibaritismo?. No para arrojarla al horno del sacro molde soñado
de la acción empenachada del motín reparador. Pero,
tal como lo expone Carlos Rodríguez Larreta, en los sucesos
revolucionarios como los de 1905- Yrigoyen parecía otro. Era infatigable; conspiraba a todas
horas; de día y de noche; cambiaba de sitio para celebrar sus misteriosas
entrevistas; elegía uno u otro de los escritorios de sus amigos; en
cierta época prefirió la casa de remates de Bullrich, porque tenía dos
salidas; recurría a toda especie de ardides para burlar a la policía que
lo siguió por años, a sol y a sombra; sólo él tenía todos los hilos
de la trama y rara vez delegó en uno que otro algún fragmento de la
tarea; con haberle detenido únicamente a él habría bastado para que un
día toda la obra se viniese abajo; Ricchieri, el ministro de Guerra de Roca,
cambiaba a menudo de regimiento a los oficiales sospechosos, mandándolos
a los regimientos más distantes, y él empezaba otra vez como una
araña a la que le han roto un pedazo de su tela, y, pacientemente, la urdía
de nuevo; era una consagración absoluta, una verdadera locura, puesto que
con un poco de buen sentido habría desistido veinte veces de la
empresa.
SEMBLANZA
MORAL La fortaleza de los
principios de un hombre introvertido
Yrigoyen
se rige por unos cuantos principios sin cambiar jamás. Donde predomina el
materialismo, él es idealista y místico. En medio de millones de
indiferentes, él tiene una fe y una pasión. Renuncia a todos los placeres de
la vida en un pueblo de gozadores de la vida o que aspiran a serlo. Es
muy distinto a todos. Es un introvertido típico; vale decir: un hombre cuya
energía psíquica se dirige hacia adentro, que vive más hacia adentro que
hacia afuera. Introvertido casi absoluto, poco tiene del tipo opuesto, dado
que la introversión consiste en el predominio, en un solo ser de los dos
adversos caracteres. En
el mundo de sus ideas, Yrigoyen es audaz; véase la forma en que se expresa de
los gobiernos. Esto es típico del introvertido, lo mismo que su temor cuando
se trata de convertir en hechos las ideas. Se
preocupó mucho por capacitarse. Poseyó un rico bagaje en materia de lectura
dentro de lo cual se destaca Platón, Aristóteles, San Agustín, Montesquieu,
Rousseau, Bossuet, Fenelón y Emerson entre otros. Sus
más audaces resoluciones como presidente de la República, aún las que más
desea poner en práctica, tardan meses en realizarse: así, la intervención a
Buenos Aires. Como
todo introvertido, no es un hombre de acción. Su escasa acción es la propia
del introvertido. Procede por medio de otros, sea cuando reorganiza el partido
o cuando prepara algún movimiento revolucionario. Su acción, que consiste en
convencer uno por uno a los hombres o explicarles sus órdenes, es una
prolongación de su interioridad. Obstinación:
carácter típico del introvertido, según Jung. Nadie más obstinado que
Yrigoyen, pero no lo es por puro capricho sino por fidelidad a sus principios.
Ejemplo: el no querer retratarse a pesar de que tanto se lo piden y de no
ignorar que su retrato es necesario para la propaganda del partido. No cede
jamás a una idea ajena si está en contra de la suya; ni a un consejo, si lo
permite. Características
del temperamento introvertido que posee Yrigoyen en alto grado: taciturnidad,
convicción de que no le entienden; elevada estimación de sí mismo cuando se
siente comprendido; dificultad expresiva, sobre todo de los sentimientos íntimos;
afán excesivo de no llamar la atención. Es
un sentimental introvertido. Por esto habla poco y se muestra, a veces, como
un melancólico. Se deja guiar por su sentimiento subjetivamente
orientado, por lo cual sus verdaderos motivos permanecen por lo general
incógnitos. La
idea que de Yrigoyen se hacen sus enemigos, millares de personas indiferentes
y aún muchos de sus partidarios es una errónea interpretación de la
realidad. Yrigoyen nada tiene de oportunista, ni de aprovechador, ni de
electoralista. Es al contrario un fanático de unos cuantos principios que
constituyen la ley de su vida. Vive enclaustrado entre las paredes de esos
principios. Hombre
de principios: eso ha sido y será toda su vida. Pero de pocos principios y
siempre los mismos. No cambia jamás. Durante cincuenta años se viste de la
misma manera, habla con iguales palabras y tiene idénticas ideas. Su
idealismo, su optimismo, su creencia en la igualdad de los hombres no se
modifican, ocurra en el mundo lo que ocurra. No hace cosa alguna sino
obedeciendo a un principio. Así, el no retratarse. Es
también un intuitivo introvertido. El intuitivo introvertido es
frecuentemente un soñador y un vidente místico. La intuición, cuanto más
se ahonda, más aleja al individuo de la realidad y aun llega a convertirle,
según Jung, en un completo enigma, inclusive para los que le rodean.
Todo lo característico de este tipo lo tiene Yrigoyen. Su
facultad maestra es la voluntad. Sus voliciones son netas e intensas,
aunque tarda en decidirse. Pone al servicios de sus resoluciones una obstinación
poderosa. Lucha veinticinco años y no lo desaniman ni los fracasos, ni las
traiciones, ni los abandonos. La
voluntad es para él la primera de las facultades; y el carácter la mayor
virtud. No es intelectualista ni aprecia a los intelectuales. Tiene un sentido
sentimental de la vida. Procede por principios, pero también por razones de
sentimiento. En los conflictos entre ambos, se decide por los principios. Y si
coinciden, su voluntad adquiere un invencible poder. Nadie
le ha visto airado ni irritado. Si algo que oye le disgusta, entorna los ojos
y enmudece, lo que basta para que ninguno, entre sus interlocutores, insista
en el tema que le ha disgustado. Su voluntad, sabiamente administrada, le
lleva al dominio de los hombres. Mas disimula su dominación. Así, no se
opone a un candidato ni lo impone: lo voltea con su silencio obstinado y lo
elige con una alabanza o una inclinación de cabeza al oír su nombre.
Raramente ordena con imperativa autoridad, y lo hace sólo con los que le
tienen fidelidad. Si impone ciertas ideas, órdenes o candidatos, procede,
previamente, recomendándoles habilidad. A un seguidor, mediante el cual
quiere imponer un candidato a gobernador, le enseña: No diga que quiero
eso, sino que usted, por conocer íntimamente todos mis deseos e intenciones,
está seguro de que lo quiero. Si
desea el poder y no parece evidente- lo desea sin concupiscencia, y sólo
porque tiene el instinto del poder, porque esto está en el destino y porque
la naturaleza de su psiquis le conduce a mandar. Quiere el poder para destruir
al Régimen y salvar a los pueblos. No para el lujo, ni la buena vida,
ni la ostentación. Como
señala Félix Luna, La austeridad prócer
de su gobierno recordaba el estilo de las primeras presidencias, aquellas de
presidentes pobres y magros sueldos. No pasaron de mil pesos diarios, los
gastos de representación de la residencia durante sus períodos. Dos coches
viejos encontró a su servicio cuando llegó al gobierno, y en ellos anduvo
sin comprar otros ni mandarlos a renovar... Ordenó durante sus dos períodos,
en sendas órdenes, que se retiraran los retratos con su efigie que decoraban
algunas oficinas públicos... El gobierno de Irigoyen fue austero, abierto,
paternal. En los primeros días, como un nuevo gerente que se pone al tanto
del mecanismo de la empresa que ha de administrar, dio en recorrer hospitales,
depósitos de encausados, reparticiones administrativas, policiales y
aduaneras y la propia Casa de Gobierno, a la hora de entradas a las oficinas.
Solía ir con el senador Crotto a la hora de la siesta ese caluroso
noviembre de 1916- y aparecía inesperadamente en cualquier oficina
preguntando, conociendo, inspeccionando. Daba un ejemplo de trabajo sin
alharacas ni propaganda, pero llevando a la administración pública la
sensación de que un celoso inspector de los intereses populares estaba
vigilando al empleado remolón o al funcionario coimero...[3] Sus temores
El
apetito del poder no es defecto en el hombre de poder. Los hombres de poder
son grandes, precisamente, por su apetito de mando y de posesión que, empujándolos,
les ha llevado a las cumbres. Yrigoyen desea, más que el poder material, el
moral. Ser amado por el pueblo, por los pobres: eso es la gloria para él.
Pero también hombre de voluntad tenaz, de lucha-
ama la lucha por el poder si bien la lucha subrepticia, a media luz;
del mismo modo que, más que el estallido revolucionario, le interesa el
conspirar. Su
temperamento lo conduce a lo sinuoso, pero sin violar precepto moral alguno.
Recurre a la astucia, al espionaje, y sin ser mentiroso, a la mentira
caritativa o defensiva. Es un político de extraordinaria habilidad. Su política
es la del opositor, el conspirador, el débil, porque no se puede ser un
conspirador franco y abierto. Permite
que lo conozcan un poco, no del todo. Vive observando a sus amigos, estudiándolos,
probándolos. Expresa dudas del ausente para ver la reacción del interlocutor
y hacer deducciones de su lealtad o su deslealtad. Nadie tiene más arte para
mantener las esperanzas ajenas. Por bondad, y por conveniencia, no niega al
que pide o al que aspira. A un diputado y ex concejal, caudillejo
semianalfabeto que le pide lo designe Intendente de Buenos Aires, usted es
el hombre le dice. Pero agrega: Espérese: ¿qué hago sin usted en la Cámara?.
O al Intendente le anuncia así que no lo reelegirá: ¡Feliz de usted que
termina su período y puede retirarse a descansar!. Finge,
a veces, no haber leído los diarios, para no tener que opinar o por hacer
opinar a los otros. A fin de observar mejor a un interlocutor de cuidado, o
por no contestar a una pregunta, se detiene en ciertos momentos pretextando un
dolor de cabeza que no existe. No discute lealmente, pues, por hacer hablar a
su interlocutor no dice lo que está pensando, en los casos en que consiente
en discutir. Para
disminuir a un político de Buenos Aires, caudillo en cierto partido o
departamento, hace nombrar ministro provincial a un abogado de la misma
localidad, pero sin arrastre ni significación política. Yrigoyen
atrae por sus cualidades espirituales tanto como por su maestría en el arte
de seducir a los hombres. La astucia es también resultado de la introversión.
El extravertido se conduce en forma clara, mediante procedimientos objetivos y
visibles. El introvertido, sobre todo si no posee verdadera fuerza, debe
conducirse de manera disimulada y subterránea. Centenares
de manifestaciones se han detenido ante su morada sin que él asomara jamás a
los balcones; y desde una casa de enfrente se han pronunciado discursos a
montones sin que él saliera para oírlos: sólo se ha visto, a veces, detrás
de las persianas, una misteriosa sombra. Sabe hacerse desear. Todos desean
verlo porque es difícil verlo. Cuando
viaja nunca llega en el tren esperado: ha descendido en la estación anterior
y ha entrado en la ciudad en automóvil. No procede así por temor a que un
enemigo lo asesine, sino por estrategia, por afán de ocultarse, por gusto de
los misterioso y también por huir de la multitud. Él sabe que el pueblo
admira el misterio. Tal vez conoce la anécdota del médico parisiense que,
sin clientela, se cambió de barrio y ejerció de curandero, enriqueciéndose. No
habla por teléfono con nadie ni tiene teléfono en su casa. Cuando, ya
presidente, está en el campo ordena que en la estación ferroviaria próxima
no haya coches a la llegada de los trenes, a fin de que nadie pueda
interrumpir su soledad. No va a lugares en donde haya gente, ni a misa, a
pesar de que en sus últimos años se dice católico. Maestro
en el arte de dominar. Busca la admiración, el respeto y la adhesión fanática.
Por esto se vigila tanto. Si carece del talento de escribir, tiene el de saber
callar, el de no mostrar sus ignorancias, defectos y debilidades. Es oscuro o
claro en el hablar, según su conveniencia. Por táctica recurre al lenguaje
arcano. Hace creer que todo lo sabe, que puede resolver todas las
dificultades. Si a raíz de un cambio de opiniones con sus colaboradores toma
una idea, distinta de la suya, de uno de ellos, la da como propia al día
siguiente, sin mencionar al dueño y diciendo haber consultado con la
almohada, después del primer sueñito. Adoptar una idea ajena le
disminuiría en su infalibilidad. Instrumento
de su dominio es el espionaje. Hace espiar unos con otros a sus amigos. En
parte lo hace por afán de conocimiento y de información, por saber quiénes
son sus verdaderos fieles. En parte, también, por hábito de revolucionario
profesional, que debe espiar a los amigos que vacilan, a los catequizados a
medias, a los hombres del partido oficial, a las autoridades. Pero
si el espionaje le sirve para defenderse de los enemigos, también le sirve
para dominar a sus amigos. En tiempos de Alem, y aún hasta mucho después, no
hay reunión de radicales sin la presencia de algún desconocido, que nadie
sabe como ha entrado y que es un espía de Yrigoyen. Por el espionaje conoce
las ambiciones de algunos y se informa de candidaturas que le es preciso
desbaratar antes de que prosperen. La
acción del político introvertido es la intriga, y la intriga necesita del
espionaje. Yrigoyen emplea la intriga como jefe del partido; y siempre con
buena intención: la de evitar una disidencia o una desviación de los
principios. El espionaje es una defensa del débil. Yrigoyen, a pesar de su
autoridad y su poder, no es psicológicamente un hombre fuerte. La
sensualidad de Yrigoyen es fina y alerta, pero sólo se impresiona por motivos
morales. Yrigoyen es sensible a lo psicológico: una palabra insincera, una
mirada que se esquiva, un gesto denunciador de pensamientos desleales. En
la perspicacia de Yrigoyen para conocer a los hombres intervienen la
inteligencia, la intuición, la subconsciencia; pero más que nada su
sensibilidad para lo humano. Grande
es también su sensibilidad para lo político. Sin salir de su casa conoce y
prevé las variaciones del sentimiento colectivo. No conoce el país y sus
hombres por observación directa sino por intuición. Él le dice a un amigo
por observación directa sino por intuición. Él le dice a un amigo que su
saber lo tiene más por intuición que por ilustración. Inteligencia
penetrante y comprensiva. Los técnicos se asombran de su facilidad para
entender. Llega a hablar con acierto, sin estudios especiales, sobre materia
económica, financiera, ferrocarrilera, agrícola, ganadera y militar. Su
inteligencia se revela sobre todo en el tema político. Posee
en grado eminente la virtud de la generosidad. Es generoso de su dinero para
con los pobres, los militares expatriados, y sus partidarios en desgracia.
Llega hasta devolver un campo comprado a plazos, y del que está sacando buen
provecho, por haberse enterado de que el ex propietario ha perdido su situación.
Es generoso de sus consejos y de sus palabras. Es generoso con los
desconocidos; una noche que llueve a cántaros, su coche se cruza en el campo
con un hombre del mejor aspecto, que va a caballo, y, sin preguntarle su
apellido, lo lleva a su casa y lo atiende; y con los enemigos; a uno de sus más
virulentos le hace devolver las cátedras. Jamás se venga, y eso que es
insultado y calumniado como nadie. Su venganza consiste en olvidar el nombre
del ofensor: el cachafaz aquel, el que hizo esto o lo otro, ¿cómo
es que se llama?; y al oír su apellido, dice: ese, ese mismo, pero
él no lo nombra. Es
optimista irreductible, así como idealista y desinteresado. Cree en la bondad
humana, en la perfectibilidad de las instituciones, en la inmensidad de
nuestras posibilidades. En su optimismo llega a ser iluso y lo reconoce. Nunca
se le ve abatido. Es
leal y buen amigo, siempre que no estén en juego los intereses del partido o
los del país. A un íntimo le reprocha: Usted quiere ser político y habla
de jugarse por un amigo; yo no tengo amigos. Pierde amistades por haber
derribado candidaturas. Pero él no se ha guiado por motivos personales.
Solamente, que, como niega su intervención, no puede justificar sus motivos. En
sus ojos y en su voz suele haber una velada melancolía. Pero lo habitual en
él es la impasibilidad. Nadie le ha oído una carcajada, ni un grito. Sonríe
raramente, y lo hace siempre con dulzura. Tiene cierta gracia criolla. Cuando
está con varios, suele preguntar al que entra: ¿Cómo va ese valor
indiscutido, mi amigo?. El recién llegado va a pavonearse cuando advierte
que los demás se ríen. ¡Cosas del doctor!, exclama. Ligeramente
turbado. Este fondo humorístico que hay en él, se manifiesta en los apodos
que pone a sus amigos: al joven italiano que fue lustrabotas y desempeña a su
lado diversas funciones modestas, le llama el jurisconsulto. A un amigo,
que se aparece con un estupendo sobretodo, lo hace pasar lentamente mientras
él, con fingida seriedad elogia la prenda, hasta que la farsa termina dándole
a su poseedor una cariñosa palmada en el hombro. A un amigo del campo,
paisano de piernas chuecas sin duda porque vive a caballo- y que apenas
puede andar con su calzado pueblero, lo recibe con frase apropiadas, hablándole
en su lenguaje semigaucho, y cuando se va, invita a sus acompañantes a verlo
bajar por la escalera, ardua operación que resulta cómica para los
espectadores. No
tiene pasiones, fuera de la política y el bien público. La armonía y el
equilibrio de su espíritu no se las permiten. La política misma es, en él,
más una vocación que una pasión. La pasión supone exaltación, y él
procede siempre con serenidad. El ejercicio de la política es la ley de su
vida. No concibe nada más importante que la política. Un íntimo, pero no
radical, le dice que la política es una porquería: él se atornilla la
sien con un dedo, indicando que su amigo no está en sus cabales. Si la política
es en él una pasión, es una pasión contenida, ordenada, encauzada por
largos años de ejercicio. Es
tímido, aunque con los años su timidez va desapareciendo. Prueba de su
timidez es el no hablar en público, siendo así que lo hace muy bien ante
varias personas. Esta timidez procede en parte de la introversión y en parte
de humillaciones sufridas en la infancia ante las multitudes. No sólo por táctica
se esconde, sino también porque no soporta el ser mirado y observado
excesivamente. Es
desconfiado, a pesar de su optimismo. En cada amigo ve una posible deslealtad;
y en cada expediente, un posible negocio. Esta desconfianza, hija de su
introversión, le será fatal, casi tanto como otro de sus defectos: el
autoritarismo. Se imponga por la admiración, y por procedimientos suaves, su
autoritarismo no es menos real. Su carácter de creador y personificador del
partido, la veneración que inspiran su desinterés y su patriotismo, le hacen
más autoritario de lo que quisiera. Ni a sus ministros les consulta. Cree que
él solo sabe hacer las cosas, que él lo sabe todo. Ese cierto autoritarismo,
también procede de la introversión. Lento
para hablar, para vivir, para proceder, para gobernar. Derrocha horas
conversando. Le cuesta decidirse, aún a lo que tiene más resuelto. Lo deja
todo para el día siguiente, para mañana. Esa lentitud es una fuerza en
algunos casos, dado que ha salvado al país de algunas calamidades. No
ignora el miedo, a pesar de su enorme valor moral. Pero miedo no es cobardía.
Él domina su miedo, que es hijo se su introversión, del vivir dentro de sí,
lejos del ajetreo del mundo exterior. Yrigoyen teme el encontrarse entre la
multitud; teme al ridículo, al dolor y a la muerte. Hay
mucho en él del hombre a la antigua, no sólo en sus trajes y en sus ideas
sobre las mujeres. Detesta ciertas formas novísimas del progreso material y
mecánico: la aviación, por ejemplo. Aún el automóvil y el teléfono no son
mirados por él con simpatía. Cree que el dinero no debe producir interés, y
no lo cobra cuando vende a plazos algún campo o algún lote de animales. |
Cronología
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1852 |
Batalla
de Caseros. Caída de Juan Manuel de Rosas. El 13 de julio nace en
Buenos Aires Hipólito Yrigoyen. |
|
1853 |
Se
dicta la Constitución Nacional. Buenos Aires se separa de la
Confederación. |
|
1854 |
El
general Justo
José de Urquiza, vencedor de Rosas en Caseros, es elegido como
primer presidente constitucional de la Confederación. |
|
1859 |
Buenos
Aires y la Confederación se reunifican. Pacto de San José de Flores. |
|
1860 |
Reforma
de la Constitución. Santiago
Derqui es el segundo presidente de la Confederación. |
|
1861 |
Nueva
separación de Buenos Aires. La batalla de Pavón sella el triunfo de
Buenos Aires sobre la Confederación. |
|
1862 |
Bartolomé
Mitre, el vencedor de Pavón, es elegido presidente de la Nación
Argentina. |
|
1863 |
Muerte
de Ángel Vicente el Chacho Peñaloza, caudillo riojano que se alzó
en armas contra el proyecto porteño. |
|
1865 |
Se
inicia la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay de Solano López. |
|
1867 |
Alzamiento
de Felipe Varela en Catamarca. |
|
1868 |
Domingo
Faustino Sarmiento es elegido presidente de la Nación. |
|
1870 |
Fin
de la guerra con el Paraguay, tras su literal destrucción. Yrigoyen se
inicia en la vida política en el Partido Autonomista de Adolfo Alsina a
instancias de su tío Leandro N. Alem. |
|
1871 |
Se
aprueba el Código Civil, concebido sobre la base de la legislación
francesa. |
|
1872 |
Yrigoyen
es nombrado comisario en Balvanera. |
|
1874 |
Nicolás
Avellaneda se convierte en presidente. Mitre, candidato perdedor,
inicia un alzamiento que es sofocado. |
|
1877 |
Alem
e Yrigoyen apoyan la candidatura de Aristóbulo del Valle para
gobernador. Se alejan del autonomismo y forman el Partido Republicano.
Yrigoyen pierde su puesto de comisario. |
|
1878 |
Yrigoyen
es elegido diputado provincial. |
|
1879 |
Se
realiza la Campaña del Desierto. Al frente de las tropas está el
ministro de guerra de Avellaneda, el general Julio A. Roca. |
|
1880 |
Último
enfrentamiento armado entre Buenos Aires y la Nación. Se inicia la primera
presidencia de Julio A. Roca. Inicialmente Yrigoyen apoya a Roca y
ocupa una banca de diputado nacional. |
|
1881 |
Se
establece un sistema monetario de alcance nacional, basado en la
conversión a oro de la moneda nacional. Sarmiento nombra a Yrigoyen
profesor en la Escuela Normal. |
|
1882 |
Termina
su período como legislador. Desilusionado por el rumbo que toma el
gobierno de Roca, Yrigoyen se aleja de la política. Se inicia en las
actividades agropecuarias, compra y arrienda campos. |
|
1884 |
Se
dicta la ley 1420 de Educación en el marco de un enfrentamiento entre
católicos y liberales. |
|
1886 |
El
cordobés Miguel
Juárez Celman se convierte en presidente con el apoyo de Roca y del
Partido Autonomista Nacional. |
|
1889 |
Se
crea la Unión Cívica, coalición opositora al régimen. |
|
1890 |
Revolución
del Parque, organizada por la Unión Cívica. Yrigoyen integra la Junta
Revolucionaria y es designado jefe de Policía del gobierno provisorio.
Juárez Celman renuncia y es reemplazado por Carlos
Pellegrini. Primer acto obrero en Buenos Aires con motivo del 1° de
Mayo. |
|
1891 |
Yrigoyen
es elegido jefe del Comité Provincial de la Unión Cívica. Ésta se
divide en la Unión Cívica Nacional y la Unión Cívica Radical. |
|
1892 |
Luis
Sáenz Peña llega a la Presidencia por maniobras políticas de
Roca. |
|
1893 |
Yrigoyen
organiza y dirige la insurrección radical en la provincia de Buenos
Aires. A pesar de ser sofocado por las autoridades, constituye un
importante paso desde el punto de vista político. Apoya, pero no se
compromete con el resto de los levantamientos radicales en el interior
del país. Es notorio el enfrentamiento con su tío Leandro N. Alem. |
|
1895 |
Renuncia
del presidente Luis Sáenz Peña. Asume el vice, José
Evaristo Uriburu. |
|
1896 |
Juan
B. Justo funda el Partido Socialista. Leandro N. Alem se suicida. |
|
1897 |
Yrigoyen
se instala en la casa de la calle Brasil. Rechaza la política de las
paralelas. El radicalismo se disuelve. Duelo entre Yrigoyen y de
la Torre. |
|
1898 |
|
|
1901 |
Se
establece el Servicio Militar Obligatorio, sistema de socialización
compulsiva de las nuevas generaciones. |
|
1902 |
Primera
reforma electoral impulsada por Joaquín V. González. Se le encarga a
Joaquín Bialet Massé una investigación sobre la situación de la
clase trabajadora. Aprobación de la ley 4144 de Residencia, proyectada
por Miguel Cané, fundamento jurídico de la represión contra
trabajadores extranjeros considerados agitadores. |
|
1903 |
Yrigoyen
inicia la reconstrucción del radicalismo en todo el país. |
|
1904 |
Una
asamblea de notables decide que Manuel
Quintana sea el nuevo presidente de los argentinos. |
|
1905 |
Nueva
insurrección radical. Yrigoyen es el jefe del radicalismo y la figura más
importante de la oposición a nivel nacional. Pierde su cargo de
profesor. |
|
1906 |
Muere
Quintana y José
Figueroa Alcorta asume la presidencia. La maquinaria roquista
comienza a resquebrajarse. Yrigoyen se entrevista con Figueroa Alcorta. |
|
1909 |
Polémica
entre Yrigoyen y el dirigente radical cordobés Pedro Molina en torno de
la naturaleza y del destino del radicalismo. |
|
1910 |
Asume
la presidencia Roque
Sáenz Peña. Celebración del Centenario de la Revolución de Mayo,
apoteosis del régimen oligárquico y del modelo agroexportador. El
presidente le ofrece a la UCR integrar su gabinete. Yrigoyen se niega,
exige una ley electoral que garantice el libre ejercicio de la soberanía
popular. |
|
1912 |
Se
aprueba la ley Sáenz Peña, que establecía el voto secreto, universal
y obligatorio para todo argentino de sexo masculino con base en el padrón
militar. El radicalismo triunfa en las elecciones de gobernador en la
provincia de Santa Fe. |
|
1914 |
Asume
la presidencia Victorino
de La Plaza por la muerte de Roque Sáenz Peña. Se inicia la
Primera Guerra Mundial. |
|
1916 |
Triunfo
del radicalismo en las elecciones presidenciales. Hipólito
Yrigoyen llega al gobierno. Se cierra el período del Estado oligárquico
y se inaugura un período de participación más ampliada. |
|
1918 |
Reforma
Universitaria. Se funda el Partido Socialista Internacional (comunista).
Nuevo clima ideológico en el país, influenciado por la Revolución
Rusa y la Revolución Mexicana. |
|
1919 |
Semana
Trágica. Obreros metalúrgicos son reprimidos. Las acciones policiales,
militares y parapoliciales contra los trabajadores fueron acompañadas
por otras de corte antisemita. |
|
1921 |
Huelga
general de la Patagonia y represión a cargo de tropas militares al
mando del coronel Benigno Varela. |
|
1922 |
Marcelo
Torcuato de Alvear es elegido presidente a instancias de Hipólito
Yrigoyen. |
|
1924 |
La
Unión Cívica Radical se escinde en personalistas (yrigoyenistas) y
antipersonalistas. Alvear apoya a los segundos sin llegar a poner el
aparato del Estado a su servicio. |
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1925 |
Yrigoyen
realiza una gira por el interior del país tratando de reubicarse tras
la fractura del partido. |
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1928 |
Yrigoyen
es electo por segunda vez por el 60% del electorado. En segundo
lugar quedaron Melo y Gallo, los candidatos de la fórmula
antipersonalista con apoyo conservaodor. |
|
1929 |
Crack
de la Bolsa de Valores de Wall Street. Se inicia la crisis económica
mundial, que repercute en la Argentina. Atentado contra Yrigoyen. |
|
1930 |
El
6 de septiembre, tras una furiosa campaña de prensa, agitación
callejera y activa conspiración cívico-militar, es derrocado Hipólito
Yrigoyen. El general José Félix Uriburu asume la presidencia
provisional e instala un régimen dictatorial. Yrigoyen es trasladado a
la isla Martín García. |
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1931 |
Elecciones
en la provincia de Buenos Aires, anuladas por el gobierno ante el
triunfo de la Unión Cívica Radical. El gobierno convoca a elecciones
para ese mismo año. Con el radicalismo proscripto, la
Concordancia triunfa en las elecciones. |
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1932 |
Agustín
P. Justo y Julio A. Roca (hijo) asumen como presidente y vice. Se inicia
la restauración conservadora. Yrigoyen regresa a Buenos Aires. |
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1933 |
En
enero se produce un intento revolucionario radical. Yrigoyen vuelve a
ser detenido y trasladado a Martín García. En mayo se firma el pacto
Roca-Runciman, que sanciona la dependencia económica de la Argentina
respecto de Gran Bretaña. Hipólito Yrigoyen regresa a Buenos Aires.
Muere el 3 de julio. Una multitud despide sus restos. Alvear queda al
frente del radicalismo. |
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