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PRESIDENTE (de facto)

 ARTURO RAWSON

Esteban Crevari

Fuente: Alain ROUQUIÉ: "Poder Militar y Sociedad Política en la Argentina. Tomo II"

 

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En el amanecer del 4 de junio de 1943, ocho mil soldados armados y pertrechados salían desde los cuarteles de la guarnición Campo de Mayo hacia Buenos Aires, comandados por sus jefes naturales. La orden de marcha estaba firmada, como corresponde, por el comandante de la guarnición. No se trataba de un pronunciamiento, sino de una sublevación militar "institucional"; de una revolución, al decir de sus protagonistas.

Las tropas insurrectas avanzaron sin inconvenientes por la actual avenida del Libertador. Se produjo un solo incidente grave, aunque breve, frente a la Escuela de Mecánica de la Armada, cuando su director, el capitán de navío Fidel Anadón, que no estaba al corriente de lo que sucedía, resistió cumpliendo con su deber. En lugar de parlamentar, el coronel Eduardo Avalos redujo por la fuerza el islote legalista, provocando un tiroteo que ocasionó muertos y heridos. Este choque sangriento ilustra la falta de preparación de los oficiales "revolucionarios" y el carácter improvisado de la conspiración.

El manifiesto de los revolucionarios estaba destinado, en principio, a aclarar las dudas del pueblo argentino sobre sus intenciones y los motivos de su acción. Más allá de la retórica sobre el honor y la patria propia de este género literario, éste contiene, en términos muy fuertes, la condena de las autoridades derrocadas y de todo un sistema basado en "la venalidad, el fraude, el peculado y la corrupción", que llevó "al pueblo al escepticismo y a la postración moral, desvinculándolo de la cosa pública, explotándolo en beneficio de siniestros personajes".

En la Casa Rosada se esperaba que el general Arturo Rawson asumiera la presidencia durante la tarde. Por sus amistades, sus vínculos familiares y sus simpatías confesadas, se sabía que era un allegado de los medios conservadores. Como el presidente derrocado también pertenecía al partido conservador, se pensó que el presidente provisional era proaliado y que el movimiento militar aspiraba a modificar la política exterior del país.

Otros hechos confirmaron esta primera impresión. El ayudante de campo del general Rawson, teniente coronel Montes, pertenecía a una antigua familia yrigoyenista. Un guardicárceles de Villa Devoto dijo a un miembro del comité central del partido comunista argentino, que estaba preso durante el gobierno de Castillo: "Me parece que ahora usted sale en libertad. Son los radicales". Esa opinión se había generalizado tanto que los militares eran saludados en toda la ciudad por grupos de opositores a Castillo con carteles que asociaban al ejército con el restablecimiento de la democracia. Un orador improvisado explicó en Plaza de Mayo que el objetivo de la revolución era el retorno a elecciones libres, y terminó su discurso gritando: "¡Viva Yrigoyen!". En un cartel fugazmente desplegado por algunos militantes comunistas pudo leerse: ¡Viva el ejército democrático!". El incendio en Plaza de Mayo de doce colectivos pertenecientes a la universalmente odiada Corporación de Transportes parece simbolizar el final de una época, la que había inaugurado el golpe de estado de Uriburu en septiembre de 1930.

Estrictamente hablando, el derrocamiento de Castillo, predicho y esperado por los radicales así como por los medios políticos y diplomáticos norteamericanos, no puede deberse más que a dos motivos, dos rechazos: el fraude en lo interno y/o la neutralidad en lo externo. Todo el mundo era consciente de ello.

La proclama del general Rawson al pueblo argentino despertó aprensiones en los medios liberales y alguna esperanza en sus adversarios. Pero la proclama del jefe de la revolución, dirigida a los mandos militares disipó nuevamente las dudas. Rawson denuncia en ella que "el comunismo amenaza sentar sus reales en un país pletórico de probabilidades por ausencia de previsiones sociales", lo cual era una de las mayores preocupaciones de los militares, pero también reprueba "la educación de la infancia y la ilustración de la juventud sin respeto a Dios ni amor a la patria".

La composición del gabinete de Rawson aumentaba la confusión por su incoherencia. El muy católico general había ofrecido las carteras ministeriales a sus amigos del Jockey Club, todos conservadores, desde luego, pero de tendencia contradictoria en materia de política exterior, que era la piedra de toque en un país neutral en 1943. Rawson, neófito en asuntos públicos, parecía no advertir las implicaciones políticas de ese hecho. Entre los civiles, José María Rosa, antiguo colaborador de Uriburu, ministro de Hacienda, administrador de la sociedad editora de El Pampero, era partidario declarado de los Estados totalitarios. Horacio Calderón, abogado de las empresas ferroviarias inglesas, era considerado como favorable a las naciones aliadas. Pero, quien se aprestaba a ocupar el decisivo Ministerio de Relaciones Exteriores era el general de brigada Domingo Martínez, antiguo jefe de polícía de Castillo. Todos recordaban con qué energía se había opuesto a las organizaciones proaliadas (Acción Argentina, Junta de la Victoria). Su imagen de funcionario autoritario y germanófilo no concordaba bien con la intención que se adjudicaba a Rawson de modificar la actitud del país con respecto a las potencias del Eje.

El 6 de junio, cuando debía prestar juramento el gobierno, Rawson renunció "ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo en la constitución del gabinete". Esta revolución palaciega no ayudaba en nada a aclarar a la opinión pública las verdaderas intenciones de los militares y las relaciones de fuerza en el seno del ejército. Para algunos, los oficiales revolucionarios retiraron su confianza a Rawson porque éste había manifestado su intención de romper relaciones diplomáticas con las potencias del Eje. Para otros, un grupo de militares se habría opuesto al nombramiento de ministros cuyas simpatías por el Eje eran demasiado manifiestas.

El 7 de junio, finalmente, el general Pedro Pablo Ramírez, ministro de Guerra de Castillo y del gabinete de Rawson, asumiría la presidencia.

Independientemente de aquellas especulaciones, lo cierto es que el 4 de junio de 1943 se abriría un nuevo y prolongado período en la historia argentina, a través del G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos); auténtica cofradía castrense que permitiría el surgimiento del liderazgo más significativo del siglo XX en la República Argentina: el general Juan Domingo Perón.

 

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