PRESIDENTE
MARÍA ESTELA MARTÍNEZ DE PERÓN
Esteban
Crevari
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Resultaba un secreto a voces que pocos se animaban a admitir públicamente. Absolutamente todos los argentinos eran contestes de que el regreso del general Juan Domingo Perón a la Argentina, luego de sus dieciocho años de exilio, iba a ser definitivo. Pero tal anhelado retorno albergaba la certeza de que el histórico líder sólo volvería para poder morir en su tierra. A pesar de que sus dilemas en materia de salud no se conocían al detalle, los argentinos sabían que los días de Perón estaban contados. En
este sentido, la aceptación sin resistencia efectiva de la candidatura de
María Estela Martínez de Perón (Isabel como le gustaba llamarla al
general) probablemente haya sido el error más grueso del movimiento
justicialista en general y de Juan Domingo Perón en particular. Es que no
eran pocos los episodios que ponían de manifiesto la deteriorada salud
del anciano líder. El 18 de noviembre de 1973, por citar un ejemplo, Perón casi pierde la
vida como consecuencia de un agudo cuadro de edema pulmonar, del que pudo
ser asistido gracias a la improvisada colaboración de un ¡médico ginecólogo!.
El
entusiasmo y la obsecuencia instaban a no asumir la realidad pese a las
claras evidencias. Nadie ignoraba que Perón atravesaba los últimos
momentos de su existencia física, aunque en la especulación política
las cosas se presentaban como si para él el tiempo no hubiese
transcurrido. ¿Por qué Perón decidió elegir a su esposa como
vicepresidente, a sabiendas de su falta de capacidad para desempeñar una
responsabilidad de tamaña envergadura? ¿Es que su preocupación por los
serios conflictos intestinos del movimiento justicialista lo llevaron a no
tener confianza por nadie? ¿Cómo un hombre tan lúcido como Perón dejó
envolverse por una personalidad sórdida y estrafalaria como José López
Rega? De
acuerdo a afirmaciones del propio Perón, éste no pensaba regresar al país
para desempeñar un tercer período presidencial. En todo caso, sus
objetivos estaban asociados con vivir sus últimos momentos desempeñando
un rol de carácter consultivo -en términos asociados con un estilo de
liderazgo paternalista- mientras gobernaba Cámpora,
considerado desde los tiempos del primer peronismo como el hombre más
leal del movimiento. El vuelco de "El Tío" a la extrema
izquierda le habría señalado a Perón la necesidad de un cambio de
planes, a los efectos de encauzar al movimiento en una postura más
moderada, capaz de superar la presión terrorista. Pero aún así, el
error de ungir a su tercer esposa como compañera de fórmula, resulta
aún hoy inexplicable. Este
tipo de decisiones contribuyó, además, a poner de relieve el carácter
extremadamente vaporoso de la dimensión electoral. Una fórmula que
superara holgadamente el 60% de los sufragios, tan sólo un año después
iría desintegrándose en forma acelerada. Una vez más la sentencia que Hipólito
Yrigoyen le formulara a Marcelo
Torcuato de Alvear al conquistar su reelección presidencial se
cumpliría : "Y pensar que toda esta gente que me aplaude me odiará...".
Tal vez, la mayor diferencia entre ambos momentos se daría en el
destinatario final de dicho odio: no sería el viejo caudillo sino su
mujer y entorno. El 1 de julio de 1974 María Estela Martínez de Perón, vicepresidente, anunciaba por radio y televisión la muerte de Juan Domingo Perón. La presidente orientó su gestión de gobierno con un plan que señalaba cambios sustanciales, y con José López Rega como principal sostén. Los síntomas de debacle económica del primer semestre se profundizarían, evidenciándose así la crisis en su total dimensión. La inflación en la economía crecería sin ceder, mientras las presiones corporativas parecían no percibir la gravedad institucional. La Triple A, auténtica organización paramilitar de extrema derecha, sumergiría al país en una ola de violencia brutal, junto a la ofensiva de organizaciones radicalizadas como Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo. El nuevo gobierno sería recibido con la violencia en forma explícita. El duelo entre los sectores en pugna parecía un macabro juego de cadáver contra cadáver. El asesinato del dirigente de la Unión Cívica Radical y ex ministro del Interior del gobierno de Agustín Lanusse, Arturo Mor Roig, tuvo como respuesta inmediata el crimen del diputado peronista Rodolfo Ortega Peña por orden y cuenta de la Triple A. Eran meses de auténtico canibalismo político. López Rega, día a día era confirmado por la realidad como el hombre fuerte que desde un segundo plano gobernaba el país. Al tiempo que dicho oscuro personaje parecía manipular a su total voluntad a la presidente, y anunciaba con total desparpajo la inauguración de obras públicas faraónicas como el conocido Altar de la Patria (un mausoleo donde reposarían personalidades emblemáticas de la historia nacional) convertía al ministerio de Bienestar Social a su cargo, en un auténtico comando de la represión. A sus cada vez menos ocultas actividades esotéricas, López Rega evidenciaba una insaciable sed de poder. En tal sentido se inscribe la política llevada a cabo contra cada uno de los funcionarios que no le resultaran subordinados a sus planes de control absoluto. Así cercaría al ministro de Economía José Ber Gelbard, hasta terminar asfixiándolo, obligándolo a renunciar, a desarticular la Confederación General de la Empresa (CGE) e incluso obligándolo a tomar un exilio forzoso. Pero
el victimario no tardaría en convertirse en víctima de la política
hostil que en definitiva era la moneda corriente de esos días. El propio
López Rega terminaría siendo forzado a renunciar y a abandonar el país
para no regresar, como consecuencia de la presión sindical de las
poderosas 62 Organizaciones, frente al lanzamiento de una serie de medidas
de ajuste económico y brusca devaluación de la moneda motorizadas por el
ministro de Economía Celestino Rodrigo (apadrinado por López Rega), y
que quedarían en la historia como "el rodrigazo". Frente a
tales circunstancias la sociedad civil desembocaría en el estupor frente
a la incertidumbre económica, en el terror frente a la violencia
imperante, y en el hartazgo por considerar al país sin rumbo cierto. Sin
embargo, el rechazo civil encontraría como manifestación más acabada a
la indiferencia y a un excesivo individualismo que resultaría vital para
la causa golpista. Durante
el mes de diciembre, la violencia política vigente, se vio fortalecida
por una nueva andanada de virulencia autoritaria que constituiría un
antecedente directo de lo que sucedería en la Argentina el 24 de marzo de
1976. El 18 de diciembre, un día después de que el gobierno de María
Estela Martínez de Perón anunciara el adelantamiento de las elecciones
presidenciales para el 17 de octubre de 1976, un intento de golpe de
Estado promovido desde la Fuerza Aérea intentó derrocar al gobierno. El
brigadier Jesús Orlando Capellini, líder de los golpistas y nacionalista
ultracatólico, procedió a la detención en el Aeroparque Jorge Newbery
del comandante de la fuerza, el Brigadier General Luis Fautario. Los
sublevados exigían la necesidad de reconocer el agotamiento del proceso
político iniciado a partir de la muerte de Juan Domingo Perón y, por
tanto, desconocer las autoridades constitucionales a los efectos de que el
comandante del Ejército asumiera como referente de las Fuerzas Armadas la
conducción del gobierno nacional. La Armada y el Ejército, a través de
sus comandantes Jorge Rafael Videla y Emilio Massera desestimaron la
intentona instando a "dar un ejemplo de cohesión, disciplina,
desinterés y responsabilidad". La hipocresía de dichas
declaraciones quedaría al desnudo tres meses después, cuando dicho
ejemplo quedaría en el olvido. La sublevación duró cinco días y los
golpistas, refugiados en la base aérea ubicada en la localidad bonaerense
de Morón, debieron soportar el bombardeo de la misma frente a la escasa
reacción del sindicalismo y la indiferencia de la ciudadanía,
consternada por la inflación creciente y la falta de rumbo económico. Las
organizaciones radicalizadas, lejos de asumir la situación imperante con
una mínima actitud de madurez política, procederían a echar más leña
al fuego. Cinco días después del episodio golpista, el Ejército
Revolucionario del Pueblo llevaría a cabo una de las operaciones más
temerarias de su existencia, a través del intento de copamiento del el
Batallón de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, ubicado en la localidad
bonaerense de Monte Chingolo. La masacre resultante de la suicida y
extemporánea iniciativa contribuiría a diezmar aún más a las
debilitadas fuerzas del ERP que, por otra parte, venían de un fracaso
militar contundente, luego de su fallida experiencia foquista en el monte
tucumano. El 24 de diciembre, el general Videla que se encontraba en Tucumán
junto a los efectivos del Ejército allí acantonados con motivo de la
"lucha antisubversiva", anticiparía desde una desembozada
oposición al gobierno constitucional su accionar futuro: "con la
sana rabia del verdadero soldado,[veo]
las incongruentes dificultades en las que se debate el país, sin
avizorarse la solución". A
pesar del elocuente reconocimiento de la presidente, al confesar no estar
a la altura de las circunstancias para gobernar el país, la contradicción
en la que se hallaba sumergido el partido gobernante era colosal. Es que
al tiempo que se convocaba a elecciones adelantadas, y se consultaba a las
fuerzas de oposición sobre alternativas para superar la profunda crisis
institucional, la negativa de renuncia de la presidente María Estela de
Perón parecía señalar que tales iniciativas sólo formaban parte de una
estrategia de dilación ajenas a una auténtica vocación de cambio. Todo
ello, sumado a la sistemática negativa de un Poder Legislativo con mayoría
justicialista de promover juicio político a la presidente, contribuía a profundizar el vacío de poder y
a obstaculizar todo tipo de alternativa institucional de recomposición
del régimen político. Con el correr de los meses el deterioro del gobierno iría en alza, hasta que en las primeras horas del 24 de marzo de 1976, los argentinos amanecerían con lo que ya se veía venir desde hacía tiempo: los tres comandantes en jefes de las Fuerzas Armadas, el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Masera y el brigadier Orlando Ramón Agosti, destituirían de su cargo a Maria Estela Martínez de Perón, embarcándola en un helicóptero militar rumbo a lo que sería su primer centro de detención. Comenzaba la etapa más oscura de la historia argentina con el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional ejerciendo el más criminal terrorismo de Estado, sumergiendo al país en su crisis socioeconómica más aguda, y llevando a la Argentina a una guerra absurda enancada en un anhelo colectivo como el que se constituye en el reclamo por la recuperación de las Islas Malvinas. |