13. LOS FENICIOS
Fuente: ORÍGENES DEL HOMBRE. TIME LIFE. Ediciones Folio S.A. 1993
| La audacia de los
fenicios como mercaderes y exploradores queda bien reflejada en estos
mapas. Antes del año 1000 AC formaban un conjunto de pequeñas ciudades
agrupadas a lo largo de la costa oriental del Mediterráneo. Las tierras
al oeste de Grecia o Egipto estaban peligrosamente lejanas, y todo
cuanto se hallaba aún más hacia el oeste -más allá de Sicilia- era
un país ignoto de desconocida geografía, vientos extraños, corrientes
traidoras, mareas, vorágines, terribles tormentas, y pueblos salvajes.
Pero los fenicios no se arredraron. Todas las poblaciones señaladas en
la costa africana -salvo Cirene, colonia griega- fueron fundadas por los
fenicios, que tuvieron en Cartago su capital occidental. También
fundaron poblaciones en Malta, Sicilia, Cerdeña, las islas Baleares y
España. El mapa del recuadro explica por qué los mercaderes de la costa cananea tuvieron que lanzarse al mar: en tierra estaban constreñidos por las altas montañas que se erigían tras ellos. La leyenda del mapa indica las rutas comerciales y de exploración, aunque las que cruzan el Sahara son meras conjeturas. Se supone que hicieron escala en oasis que se han secado desde hace mucho tiempo, y que tales rutas eran más utilizadas por los nativos que llevaban mercancías a la costa que por los propios mercaderes cartagineses. El período representado en el mapa se extiende aproximadamente desde el año 1300 hasta el 140 antes de nuestra era; ello nos permite incluir y localizar a pueblos como los hititas, cuyo imperio se desmoronó poco después del año 1200 AC, y los etruscos, el poderío de los cuales empezó a decaer después del año 500 AC. |
|
|
|
|
RESEÑA
| Los fenicios
(ver cronología),
fueron los más grandes mercaderes marítimos de la antigüedad.
Tuvieron sus orígenes en el Mediterráneo oriental, en lo que es ahora
la región costera del Líbano. Comenzaron a hacer su aparición en el
panorama histórico hacia el año 1200 AC y llegaron a tener, por
espacio de casi un millar de años, importante influencia en el
comercio, la cultura y la historia de su mundo. Durante ese largo
período se extendieron hacia occidente por todo el Mediterráneo, y ha
sido costumbre denominar a las ciudades que ocupaban el litoral libanés
Fenicia oriental, y a las colonias desperdigadas por la mitad oeste del
Mediterráneo, Fenicia oriental. Sin embargo nunca existió un imperio
llamado "Fenicia"; sólo hubo un grupo de ciudades
independientes más interesadas en el comercio que en erigir un imperio.
Aunque hablaban una lengua común y adoraban a los mismos dioses, estas ciudades eran objeto de una feroz competencia. Se referían a sí mismos como tirios, sidonios, biblitas, cartagineses, o motios según su origen respectivo: Tiro, Sidón, Biblos, Cartago o Motya. El apelativo "Fenicia" les resultaba desconocido. Probablemente este nombre se lo otorgaron los griegos, llegando hasta la actualidad como consecuencia de la conservación de la literatura griega. Como excelentes navegantes viajaron a todas partes. Trocaron mercancías con los egipcios, griegos, asirios, babilonios, africanos, y con miembros de las tribus españolas. El mundo mediterráneo era su bazar. Incluso se adentraron en el Atlántico, bordearon la costa africana hasta muy el sur y remontaron probablemente la costa europea hasta Bretaña y las islas Británicas. La mayoría de los datos que se poseen sobre ellos proceden de otros pueblos, de gente que al hablar de sí lo hacen también sobre los fenicios. Sólo se han descubierto dos colecciones importantes de tablillas de arcilla que los especialistas se hallan dispuestos a atribuir a los fenicios a sus antepasados inmediatos. Pero, ¿cómo una civilización tan importante llegó a eclipsarse de tal modo? Los fenicios eran cananeos, uno de los muchos pueblos de lengua semítica que llevaban varios miles de años extendiéndose por el próximo Oriente. Es difícil saber de dónde provenían todos esos pueblos, pero muchos eruditos opinan que representan las sucesivas olas en las que se expandieron las tribus de pastores procedentes de las regiones semidesérticas, tribus que, a lo largo de los siglos abandonaron las enormes extensiones semiáridas del norte de Arabia para dirigirse por el este hacia el fértil valle Tigris-Eufrates, y por el oeste hasta el Mediterráneo, por la zona que ahora comprende Siria, Líbano, Jordania e Israel. Corresponden como los babilonios, asirios, israelitas, moabitas, amoritas, ammonitas, amalequitas y otros -cuya identidad no se conoce- a los semitas. Todos ellos eran beneficiarios de dos "inventos" humanos muy importantes, como la agricultura y la ganadería. Fue alrededor del año 5000 o 4000 AC cuando un grupo de semitas comenzaron a introducirse en lo que ahora es Líbano e Israel, unos 450 kilómetros de costa a lo largo del borde oriental del Mediterráneo, tras la cual había montañas y elevados valles. Esta zona, especialmente sus secciones interiores, es conocida por los lectores de la Biblia como la Tierra de Canaán. Allí se establecieron los primeros invasores cananeos que alcanzaron la costa marítima, fundando ciudades, aprendiendo a construir barcos para hacerse a la mar y empezando a traficar a lo largo del litoral con sus vecinos. Fueron estas gentes quienes llegaron a ser conocidas como los fenicios. Las cinco ciudades más importantes de la Fenicia oriental eran Arados, Biblos, Beritos (Beirut), Tiro y Sidón, todas ellas habitadas hoy día. Entre los cascotes enterrados en torno a los bordes de las ciudades modernas, los arqueólogos, hace poco más de cien años, empezaron el lento redescubrimiento del pasado fenicio. En la historia de la costa libanesa, los especialistas identifican como cananeo el período anterior a los años 1100 o 1200 antes de nuestra era. Después de aquella fecha, los eruditos están dispuestos a identificar a los pueblos costeros cananeos como fenicios. Lo que determinó el cambio de nombre fue una serie de acontecimientos que no tuvieron lugar en Canaán, sino en Egipto, en el mundo egeo de los griegos de la Edad del Bronce y en la altiplanicie de Anatolia. En todos estos lugares ocurrían grandes desórdenes políticos. Los gobernantes subían al poder y caían, y los imperios se desmoronaban. Los cananeos, hasta entonces más o menos confinados en sus casas por sus poderosos vecinos, de pronto se sintieron libres de ese constreñimiento. Empezaron a extenderse, primero con cautela, luego con audacia y rapidez cada vez mayores, en el vacío dejado por sus postrados vecinos. Al cabo de un tiempo asombrosamente breve, aquellos comerciantes se habían transformado en intrépidos mercaderes y navegantes con una red de factorías por todo el Mediterráneo. La existencia de esa red mercantil es la clave para le identificación de los fenicios como pueblo reconocible, coincidente con el declive de poderosas civilizaciones como la minoica, micena, hitita o egipcia. Es en este sentido como puede adjudicársele una gran importancia a Biblos como vigoroso puerto, fundamentalmente si se considera su gravitación en término de vínculos duraderos y estrechos de abastecimiento (de madera) con Egipto. En materia de culto, su origen es cananeo. A la cabeza del panteón religioso, se encontraba una deidad masculina, que en Ugarit era llamada El. Su nombre significaba simplemente "dios", y al parecer personificaba los más amplios aspectos de una deidad universal. Era llamado el "padre de los dioses", "el creador de los creadores". Pese a ello, parece haber sido un dios más bien pasivo, que seguía existiendo cual la imprecisa figura del padre para los demás dioses y diosas en los posteriores panteones de muchas ciudades fenicias. El papel activo lo asumía Baal, el dios de las tormentas. Su identificación con la fuerza, la violencia, la juventud, y el dinamismo es o que caracteriza su puesto como el más destacado dios masculino de toda Fenicia. Baal ha llegado hasta nosotros como el dios fenicio por excelencia, el que para los profetas hebreos personificaba una fe que rivalizaba con la suya. La Biblia está cuajada de atronadoras peroratas contra las maldades de Baal, que representa, por extensión, todo el panteón semita no hebreo, con sus aderezos de politeísmo, sacrificio de criaturas, culto a los ídolos y demás. En rigor, la religión fenicia no se reducía al culto a Baal. Poseía una estructura similar a la de varias religiones contemporáneas, basada en un antiquísimo mito que pretendía explicar el misterio del ciclo de estaciones. El dios padre, El, tenía una consorte, la diosa madre, Asherah-del-Mar, cuyo hijo parecía cada año para simbolizar la siega de la cosecha y la sequía de la tierra. El hijo renacía luego, señalando el retorno de la primavera y una nueva cosecha. Este mito ha conocido diferentes versiones. En los textos ugaríticos, Baal, que es asociado con la lluvia y el agua portadora de vida, es el joven dios que muere. Desaparece bajo tierra. La hermana de Baal, Anat, acude allí a rescatarle, encuentra su cuerpo y se lo lleva. Además de estos dioses y diosas, el panteón fenicio tenía muchos otros, algunos de los cuales se encargaban de actividades específicas, como el sidonio Eshumun, cuyo cometido era la curación. Otro, Dagón, estaba asociado con el trigo; otro, Reshef, con las plagas. Para complicar aún más las cosas, sus identidades no eran estables. El y Baal, por ejemplo, asumían distintos nombres y ciertas características diferentes según las ciudades. En Tiro, Baal se convirtió en Melqart, y como tal fue exportado a Cartago. El apelativo se deriva de mlk, que significa "rey", y qrt, que quiere decir "ciudad". Pero el dios al que se refería el nuevo nombre era el mismo viejo Baal, activo señor de las tormentas, la deidad suprema en la mayor parte de las ciudades fenicias. La más importante deidad femenina era Astarté, la diosa de la fertilidad. Su nombra varía de acuerdo con el país, e incluso según las distintas ciudades fenicias. En la Biblia se la conoce como Ashtoret; en Babilonia, como Ishtar; en la antigua Grecia como Afrodita. Pero en Biblos se la conocía como Baalat (es decir, "señora"), evidentemente la versión femenina de Baal (que quiere decir "señor"). El sacrificio era una importante característica que la religión fenicia compartía con otras. Estas ceremonias tenían un doble propósito. La finalidad más simple y directa era la de aplacar al dios, propiciarle, obtener su ayuda y templar su ira. El segundo propósito de los ritos era el de fortalecer al propio dios. Su valía, y por tanto su poder, se veían fortalecidos al ofrecérsele algo, especialmente si se trataba de algo que era para uno sumamente valioso. El no honrar regular y debidamente al dios no sólo minaba su deseo de beneficiar a la gente, sino su misma capacidad para hacerlo. Los fenicios también practicaban el más extremo sacrificio: el de vidas humanas. Los sacerdotes eran numerosos y formaban una jerarquía, con un sumo sacerdote a cargo de cada templo y otros sacerdotes subordinados por debajo de aquel. Por añadidura, los templos tenían escribas, carniceros encargados de descuartizar los animales de los sacrificios, empleados, auxiliares de los templos, jardineros, artesanos y esclavos. La preocupación de los fenicios por su religión era enorme. En consecuencia,. el sacerdocio ejercía una gran influencia, tanto económica como política y religiosa. Se realizaban constantes ofrendas: vino, perfumes, incienso, animales y a veces simplemente frutas o legumbres (los seres humanos se reservaban para ocasiones especiales o para terribles catástrofes). Los sacerdotes llevaban unas listas de las tarifas impuestas para cada tipo de sacrificio. Prescribían la ofrenda adecuada para borrar una ofensa determinada, así como lo honorarios del sacerdote por aceptar la ofrenda y celebrar el ritual que la acompañaba. |