15. LOS
HITITAS
Fuente: ORÍGENES DEL HOMBRE. TIME LIFE. Ediciones Folio S.A. 1993

| Los hititas fueron un pueblo poderoso, que llegó a ser un imperio, y cuyo centro estaba en las regiones montañosas de lo que ahora es Turquía. Sus misterios aún no develados se incrementan al analizar su abrupta desaparición, hace más de 3000 años. Pese a los siglos que nos separan, resultan admirables muchas de sus costumbres, como su sistema y apego legal el que es equiparable a su destreza en la táctica para la guerra y el ejercicio de la diplomacia. |
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Importantes y poderosos antaño como los propios egipcios, los hititas constituyeron uno de los primeros pueblos que forjaron un imperio, conservando la cohesión de sus diferentes dominios mediante leyes y tratados de carácter sorprendentemente moderno. Personajes con este nombre aparecen y desaparecen de la escena en algunos dramas conocidos del Antiguo Testamento, pero, puesto que éste fue escrito siglos después de la caída del Imperio hitita, en 1200 AC, los hititas "bíblicos" sólo pueden haber sido epígonos menores que conservaban el nombre y algunos vestigios de la primitiva cultura hitita, lo que contribuyó a formar una imagen errónea que entiende a los hititas como un grupo de tribus palestinas de escasa importancia. Lejos de constituir un pequeño núcleo tribal, los hititas lograron figurar en un tiempo entre los pueblos más civilizados: no sólo llegaron a ser una gran nación, equiparable a la de los israelitas del Antiguo Testamento, sino también un gigante lo suficientemente poderoso como para saquear la Babilonia histórica y desafiar con éxito la autoridad del poderoso Egipto. Alrededor del 1700 AC, los hititas fundaron su capital, Hatussa, en Anatolia, meseta central de Turquía. Construida sobre las ruinas de una ciudad anterior, floreció durante unos 500 años como centro administrativo y religioso de la vida hitita y en su máximo apogeo ocupó una extensión de 160 hectáreas, o sea, mucho más que su contemporánea Assur, capital del os asirios, en el norte de Mesopotamia. Partiendo de este lugar tan altamente urbanizado, hititas se extendieron por gran parte del mundo entonces conocido, sometiendo a otros reyes y llevando su hegemonía desde el Egeo hasta más allá del Eufrates, en Mesopotamia, al norte del Mar Negro y al sur de las llanuras de Siria, donde sus ejércitos lucharon e hicieron retroceder las fronteras del imperio egipcio rival. Mediante una actuación desacostumbrada en aquella época, supieron combinar su labor diplomática con el esfuerzo de sus guerreros; siempre que les fue posible, prefirieron realizar sus conquistas por medio de la amenaza y la negociación antes que por las armas. Los millares de tablillas con inscripciones, exhumadas con tanto trabajo por los arqueólogos en las ruinas de Hattusa y traducidas pacientemente por epigrafistas, no sólo arrojan luz sobre temas tan trascendentales como los derechos de los reyes y de las reinas y los tratados con potencias extranjeros, sino que ofrecen también detalles tan mundanos como el precio que legalmente podía ponerse por una vaca adulta, o lo que un ama de casa podía llegar a pagar por una pieza de tejido de lino. En relación a su lengua, el estudio de su escritura ha revelado que hablaban una lengua indoeuropea perteneciente al mismo tronco familiar que las lenguas germánica, latina, griega, celta, eslava y sánscrita. Cuál sea el lugar donde las lenguas indoeuropeas inician su desarrollo es algo todavía objeto de controversia entre los especialistas, pero muchos filólogos se inclinan por atribuirles un origen europeo. Por consiguiente, los hititas parecen haber sido uno de los primeros pueblos -si no el primero- de habla indoeuropea de que se tienen noticias históricas. Los luvitas, por su parte, también hablaban una lengua indoeuropea íntimamente relacionada con la de los hititas, sólo que aquellos dejaron un recuerdo insignificante en la historia. Se sabe que se instalaron en el sudoeste de Turquía y políticamente no lograron superar la forma de minúsculos estados finalmente vasallos del Imperio hitita. Los más antiguos indicios arqueológicos de la existencia de los hititas proceden de Asia Menor, concretamente de la meseta de Anatolia, punto de partida de su ulterior expansión imperial. Allí, en un antiguo centro comercial denominado Kanesh -Kültepe en la Turquía moderna- llegó, alrededor del 1900 AC, un grupo de asirios para establecer un karum o colonia mercantil. Importaban tejidos de calidad desde su capital, Assur, distante unos 800 km, y los vendían a la población local a cambio de cobre y otros minerales abundantes de la región. Durante el transcurso de varios siglos, el karum de Kanesh sufrió repetidas destrucciones y reconstrucciones, pero bajo las sucesivas capas de detritus aparecieron fortuitamente miles de inscripciones relativas al tráfico mercantil, escritas en caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla, pudo llegar a la actualidad tan valiosa información. Cuando los hititas penetraron por primera vez en el mundo civilizado, probablemente se hallaba todavía en estado bárbaro y sin duda estaban poseídos de aquel sentimiento, mezcla de temor y de desprecio, que caracteriza el hombre de la selva cuando visita la ciudad. La arqueología ha demostrado que existían poblados ricos y sofisticados en Anatolia antes que llegaran los hititas. Bajo las ruinas de una ciudad hitita llamada Alaça Hüjük, en la Turquía central, así como también en una localidad cercana al Mar de Mármara, se hallaron tumbas que contenían objetos sumamente interesantes, muestra del alto nivel de refinamiento cultural alcanzado por los antecesores de los hititas. Si toda esta riqueza llegó a impresionar a los recién llegados del norte, éstos, sin duda, también se dieron cuenta de que, en ciertos aspectos, eran superiores a los habitantes locales. Los hititas eran un pueblo vigoroso, de espíritu práctico, astutos en la política y muy preparados para la guerra. A juzgar por los restos arqueológicos y las posteriores inscripciones hititas, las comunidades de sus predecesores anatólicos eran de poca importancia. Algunas de las ciudades-estado formaban en ocasiones alianzas para aunar su poderío por tiempo determinado, aunque no existen pruebas demostrativas de que se llegase a una verdadera unificación, cosa que fue impuesta por los hititas. No se ha podido aclarar cómo éstos llegaron a imponer su dominio. Posiblemente su marcha hacia el poder fue motivada por la envidia y por el deseo de apropiarse de la riqueza y de controlar las rutas comerciales de las ricas comunidades que los rodeaban. En aquellas fechas remotas, el ejército hitita estaba compuesto por unos pocos millares de hombres y, desde luego, no irrumpió bruscamente, con un plan premeditado de conquista, en Asia Menor. La invasión parece haber durado mucho tiempo, tal vez algunos siglos, y fue sin duda una combinación de éxitos militares y de asimilación gradual de pueblos indígenas y de sus culturas. En el curso de este largo proceso los hititas no pusieron reparo en adoptar cualquier costumbre local, creencia o técnica que considerasen aceptable, fuese de un amigo, vecino o vasallo. Alrededor de 1650 AC adoptaron la escritura cuneiforme de los babilonios y la utilizaron conjuntamente con su propio sistema jeroglífico. El nombre con que llegarían a ser conocidos -hititas- no era el suyo propio, sino que evidentemente deriva de Hatti, el nombre más antiguo de la región a donde fueron a establecerse y que fue la base de su Imperio. Es indiscutible que resultaron ser admirablemente acomodaticios, como lo demuestra el hecho de que nada menos que ocho lenguas distintas se utilizaron en los edictos, mensajes, tratados, keyes, órdenes militares e instrucciones religiosas, desenterradas en Hattusa. Entre esas lenguas están la acadia o babilónica, que había llegado a ser la lengua oficial del mundo antiguo y que los hititas utilizaron ampliamente en su correspondencia diplomática con Egipto y otros reinos extranjeros; el hático, lengua de los primitivos ocupantes de la tierra, llamado "hatilio" por los hititas; el idioma oficial, o sea, la lengua indoeuropea hoy denominada hitita y que los propios hititas parecen haber denominado nesita (de la ciudad de Nesa, conquistada por los primeros reyes de Kussara); una lengua poco documentada llamada palaica, y, por último, el lubita, lengua de los pueblos de habla indoeuropea que precedieron a los hititas en Asia Menor. No hay duda de que los hititas eran muy agresivos o que por lo menos sabían luchar con ardor; sus tácticas de lucha eran brillantes y el vehículo militar que se supone inventaron -un carro de guerra rápido, ligero, con cabida para tres personas (un conductor y dos combatientes)- era un artefacto poderosamente eficaz. Pero, según las costumbres de aquellos tiempos, en que poblaciones enteras eran pasadas a cuchillo o sometidas a esclavitud, los hititas parecen haber sido excepcionalmente humanos. Dirigieron su imperio mayormente por un sistema que otorgaba a sus estados vasallos la máxima libertad posible, excepto el control de la política exterior. La base legal de su Imperio refleja el profundo respeto que la ley infundía a los hititas. El propio rey hitita, especialmente en las primeras etapas del Imperio, estaba supeditado de tal forma a la ley, que algunos escritores han llegado a calificar a la nación hitita "como la primera monarquía constitucional conocida". Una asamblea denominada pankus, compuesta probablemente por los notables del país, se reunía para juzgar al rey, avisándole si aparecían indicios de que hubiera infringido las leyes y teniendo incluso la facultad de ejecutarlo si persistía en su infracción. La autoridad del pankus se desvaneció a medida que el Imperio fue expandiéndose y llegó a desaparecer por completo. Algunos eruditos mencionan este hecho como prueba de que tal asamblea era una institución que los hititas introdujeron en Asia Menor, donde fue desapareciendo gradualmente a medida que la nación fue orientalizándose y los monarcas hititas fueron asumiendo el carácter absolutista de sus vecinos egipcios y del Próximo Oriente. Nada caracterizó tanto las creencias religiosas de los hititas como la tolerancia, una cualidad que indudablemente debió de fortalecer su habilidad característica para captarse el apoyo leal de los pueblos que conquistaron. Cuando los hititas absorbían un pueblo extranjero, incorporaban igualmente a sus dioses, añadiendo así nuevas divinidades a su ya algo atestado panteón. Además, el mantenimiento de los altares de los nuevos llegados constituía una orden de absoluta preferencia para el príncipe local y para el comandante militar. De hecho, parece como si la mayoría de los dioses procedieran de otros pueblos, después que los hititas llegaron a Asia Menor. |